martes, 26 de marzo de 2013

LA CARTA




Estrella del Mar Carrillo Blanco

            La madre de Alex mostraba con frecuencia un gesto melancólico. Solía ser más que habitual que una sombra ensimismada y triste asomara a sus ojos, duros y oscuros, especialmente en las tardes en las que el hijo no llegaba a la hora prevista. Sus pensamientos, en ocasiones, proyectaban infancias extraviadas y sus palabras, de una transcendencia inusual, no dejaban cabida a más opciones que las que ella pusiera sobre la mesa. Con todo, su rostro se tornaba grato cuando en los días de primavera un renovado alborozo embargaba su ánimo y su pecho se henchía pletórico de salud.
                En su juventud, la madre de Alex había recibido muchas cartas de un antiguo novio embarcado en la Marina por aquello de querer ver mundo y obtener pronto un sueldo profesional. Se intercambiaban cartas semanales que, por parte de ella, sobrepasaban en extensión los límites más sensatos. A él le debían hacer gracia esos pormenores y le servirían de solaz entretenimiento porque la relación duró varios años y ella anduvo ilusionada con un posible casamiento final. Pero la cosa acabó según lo previsible: el marinero se fue con otra y la joven no volvió a saber nunca más de él.
                 A lo largo de aquella época, la madre de Alex recibió otras cartas: de amigos, novios, medionovios, amigas, conocidas, familiares y de una suscripción mensual a una revista literaria. Nunca, claro está, fueron tan emotivas como las que mantuviera con su gran amor, pero al menos pudo constatar lo siguiente:

         1º. Que no todo el mundo estaba dotado para la correspondencia amistosa.
         2º. Que no todo el mundo estaba dotado para la creación en el arte de la escritura.
        3º. Que algunas personas escribían cartas por el ánimo de quedar bien y por mantener ciertas costumbres burguesas.
         4º. Que, salvo un par de casos excepcionales, las tarjetas postales que recibía de los lugares donde veraneaban los remitentes, siempre cerraban sus imágenes en un mar lejano o en parejas de paisanos vestidos con atuendos típicos de la región.

               Poco a poco y con el paso de los años, la madre de Alex fue recibiendo menos cartas. El teléfono sustituía implacablemente el intercambio de noticias y los amigos que interesaban, siendo cada vez menos, no se alejaban tanto como para mantener una relación epistolar. Las tarjetas dieron paso a las felicitaciones de Navidad y, durante el verano, ella compraba postales de estilo que guardaba en un álbum de colección. Siendo Alex todavía un niño, le obligaba a enviar a sus abuelos varias fotografías en color sepia de los lugares que  visitaban y, con la irrupción de los medios digitales, remitía a  hermanos y sobrinos correos electrónicos con imágenes captadas en franco fervor consumista.

                    Desde que se hiciera funcionaria, la madre de Alex se había acostumbrado a que el cartero la reconociera por los panfletos profesionales que, con acuse de recibo, estaba obligada a recibir y por las multas de tráfico que, desde las limitaciones de velocidad impuestas por las ordenanzas municipales, sobresaltaban su salario por mucho que las recurriera.

                   A diario rebosaba en su buzón propaganda variopinta junto a facturas y aviso de pagos que agriaban su retorno a casa. Ella tenía por costumbre hacer un atadijo en forma de lazo con toda la propaganda y sobres inservibles para arrojarlo al contender de reciclaje. Aquel día, como siempre, regresaba del trabajo cansada y sin demasiada esperanza en el género humano. Estando cercanas las fiestas navideñas dudaba de que alguien enviase una felicitación interesante. Descartadas las de empresas como El Corte Inglés o el taller mecánico donde habitualmente llevaba su coche que nunca fallaban, pensaba que si los amores decepcionan los amigos también y, aunque ella se empeñaba en felicitar a los más allegados, no siempre era correspondida. Por tanto, se dispuso a mirar el buzón como hacía todos los días sin esperar nada especial.

                     Esta vez, sin embargo, no asomaba ningún folleto ni aparentaba haber ninguna misiva; no obstante, abrió la portezuela por si acaso y….¡hete aquí! apareció algo que la sorprendió. Un sobrecito tamaño tarjeta de visita se escondía en el último rincón del menudo cajetín. No llevaba remitente pero el nombre femenino y la dirección se describían con absoluta nitidez. El sello, de Joan Miró, asemejaba un pájaro herido y la solapa se hallaba pegada a conciencia, no existía ningún cuidado de que del interior se escapase nada. Por un momento, la madre de Alex se estremeció, “¿de quién sería esa carta?”. La abrió con cierta avidez y alguna dificultad, extrayendo del interior una pequeña tarjeta con un logotipo oriental: “La envidia de la diosa” se leía debajo con letras entrelazadas. Por detrás, la misma caligrafía del sobre decía así:

                                            “Una vez más, al pie del cañón.
                                              Soy Víctor y tengo el honor de invitaros,
                                              a Alex y a ti,
                                              al concierto de “La envidia de la diosa”
                                              que se celebrará en el Centro Joven de
                                              Alcorcón el 22 de diciembre de 2010.
                                             Alex participará con nosotros.

                                                          Un abrazo



                                                            Víctor

                                               19´30 Apertura de puertas

                                              Entrada gratuíta”


                      La mujer estalló en una amplia sonrisa. Aquello sí que era una sorpresa. Una simpática y grata sorpresa. Bien era cierto que permitía, con bastante asiduidad, que su hijo Alex y el grupo musical del que formaba parte ensayasen en los bajos de su casa y se quedasen a dormir si se terciaba. Pero de ahí a recibir aquella invitación tan formal la cosa tenía su gracia. Guardó cuidadosamente la carta en su bolso y se preguntó si Alex tendría algo que ver con todo aquello; en cualquier caso la decisión de acudir al concierto ya estaba tomada y no habría nada que la hiciera cambiar de intención. Un renovado alborozo embargó su ánimo y su pecho se henchía pletórico de salud cual si hubiera llegado la primavera. A partir de ese momento, decidió hablar más con el cartero.


                                                                        
                                                                        Abril de 2011                                                                                                                                         

4 comentarios:

  1. Hermosa historia, las cartas siempre llevan equipaje. Pepe Callejas.

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  2. ¡Vaya!. Yo conocí a un tal Pepe Callejas en otro tiempo. No sé si coincidirá con la misma persona...

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  3. Hola Estrella,creo que sí, curioso taumaturgo don internet, que cosas hace con las "cartas".
    Pepe, halkarria@hotmail.com

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  4. Pues no sé qué pensar. Yo he enviado un email a un supuesto Pepe Callejas, amigo de juventud, y no recibo respuesta...

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