Cae
de lleno el plomizo aburrimiento sobre las hojas que se reparten para el
inminente examen. No se puede tener más
sensación de tedio que la del profesor que ordena a los alumnos en fila de a
uno dando indicaciones para evitar cualquier desvío, alteración o fraude en la
prueba. Al comenzar el ejercicio los alumnos levantan la mano, reniegan de las
dificultades, consultan dudas, se remueven inquietos no sabiendo muy bien qué
contestar. Y el profesor se pasea, resuelve esas dudas, regaña a alguno, señala
el tiempo máximo del ejercicio. Y se aburre, se aburre soberanamente. Observa
el aula, pasa lista, registra las ausencias. Cae en la cuenta de que algún
alumno tiene el móvil encendido. Se lo hace apagar.
Mientras ordena la mesa,
piensa en Mishkin, en Negro Black, en Montenegro. ¿Por qué han dejado de
escribir?. ¿Por qué de tan amplia
actividad que manifestaran se había
pasado al más absoluto de los silencios?.
En esto un alumno pide
una cuartilla, otro eleva una queja sobre el examen, otro hace una consulta.
Una vez resueltos todos los requerimientos, el profesor observa el plano de
evacuación situado en la puerta de salida. Suspira por que llegue la hora en
que se acabe todo. Y al decir todo se refiere a todo: este examen, la mañana,
esta semana, el mes, la vida. ¿Por qué Negro Black ya no escribía en La
Rívoli?. Él, que había sido el más
prolífico escritor del blog, y el más ingenioso, y el más literario. De
repente, cortó la producción. E, inexplicablemente, nos dejó a los demás sin
respuesta cuando intentábamos averiguar sus razones. Y Montenegro y Mishkin
siguieron sus pasos: escritos esporádicos, dos o tres reseñas, algún poema y,
después, nada. ¡Qué aplastante desazón provoca la nada!. La nada de este examen
y la de tantos otros. La nada de las
clases, de las relaciones entre compañeros, de los aburridos claustros, de las
cansinas sesiones de evaluación. Se preguntó si la nada sería lo mismo que el
vacío. Si el vacío tenía una dimensión física y la nada era sólo metafísica.
Pensó en Unamuno.
En ese instante un alumno
dejó caer un pequeño papel de entre los numerosos que llevaba ya escritos. Era
una chuleta y el profesor, cansado y aturdido, lo recogió del suelo. Mostró su
enfado e inmediatamente solicitó las hojas del examen y la expulsión del
chaval. Le enfadaban estos intentos de engaño, estas pequeñas desviaciones en
las que percibía en los chicos su falta de honestidad.
Cuando Negro Black
escribía sobre Matsuo Basho lo hacía desde el más íntimo conocimiento de esos
jaikus que se engarzaban como uvas corintias, y que hablaban de la delicadeza
de un canto de alondra o del aroma de los cerezos en flor. En su narración
sobre Juan el loco utilizaba los
modismos y la jerga canalla como si él mismo los utilizase en su vida
cotidiana. Quizá los utilizó en algún momento de su vida cotidiana. Y en sus
“ficciones” y analectas evocaba las máximas de personajes ilustres que nos
hacían caer en la cuenta de que lo demás no importa. Pero, en fin, Negro Black
había dejado de escribir y ya está, no había que darle más vueltas.
En el abrumador silencio
del aula, el profesor contempló absorto las pantorrillas de su alumna preferida
y cómo desde el fondo, Diego Pastrana, el alumno más empollón se afanaba por
concluir el examen escribiendo hasta por los bordes del papel. Algunos ya
entregaban sus ejercicios, se despedían, reían satisfechos. Otros, remolones,
se aferraban a la mesa intentando recordar lo que no podían.
Ensimismado, el hombre
miró por la ventana. Vio que unos niños corrían presurosos detrás de un balón y
que, a esa hora, el camión del reparto llegaba a la cafetería del recinto para
dispensar su mercancía.
Como si despertase de un
sueño, una voz presente en toda la historia de mochilas y pupitres le desperezó
desde el fondo de la clase:
-¡El timbre, profe!.
Estrella del Mar Carrillo Blanco
Tres Cantos, 5 de Enero
de 2015
¡Feliz Año Nuevo!