lunes, 5 de enero de 2015

TAEDIUM VITAE





       Cae de lleno el plomizo aburrimiento sobre las hojas que se reparten para el inminente examen. No se puede  tener más sensación de tedio que la del profesor que ordena a los alumnos en fila de a uno dando indicaciones para evitar cualquier desvío, alteración o fraude en la prueba. Al comenzar el ejercicio los alumnos levantan la mano, reniegan de las dificultades, consultan dudas, se remueven inquietos no sabiendo muy bien qué contestar. Y el profesor se pasea, resuelve esas dudas, regaña a alguno, señala el tiempo máximo del ejercicio. Y se aburre, se aburre soberanamente. Observa el aula, pasa lista, registra las ausencias. Cae en la cuenta de que algún alumno tiene el móvil encendido. Se lo hace apagar.
        Mientras ordena la mesa, piensa en Mishkin, en Negro Black, en Montenegro. ¿Por qué han dejado de escribir?.  ¿Por qué de tan amplia actividad  que manifestaran se había pasado al más absoluto de los silencios?.
        En esto un alumno pide una cuartilla, otro eleva una queja sobre el examen, otro hace una consulta. Una vez resueltos todos los requerimientos, el profesor observa el plano de evacuación situado en la puerta de salida. Suspira por que llegue la hora en que se acabe todo. Y al decir todo se refiere a todo: este examen, la mañana, esta semana, el mes, la vida. ¿Por qué Negro Black ya no escribía en La Rívoli?.  Él, que había sido el más prolífico escritor del blog, y el más ingenioso, y el más literario. De repente, cortó la producción. E, inexplicablemente, nos dejó a los demás sin respuesta cuando intentábamos averiguar sus razones. Y Montenegro y Mishkin siguieron sus pasos: escritos esporádicos, dos o tres reseñas, algún poema y, después, nada. ¡Qué aplastante desazón provoca la nada!. La nada de este examen y  la de tantos otros. La nada de las clases, de las relaciones entre compañeros, de los aburridos claustros, de las cansinas sesiones de evaluación. Se preguntó si la nada sería lo mismo que el vacío. Si el vacío tenía una dimensión física y la nada era sólo metafísica. Pensó en Unamuno.
     En ese instante un alumno dejó caer un pequeño papel de entre los numerosos que llevaba ya escritos. Era una chuleta y el profesor, cansado y aturdido, lo recogió del suelo. Mostró su enfado e inmediatamente solicitó las hojas del examen y la expulsión del chaval. Le enfadaban estos intentos de engaño, estas pequeñas desviaciones en las que percibía en los chicos su falta de honestidad.
        Cuando Negro Black escribía sobre Matsuo Basho lo hacía desde el más íntimo conocimiento de esos jaikus que se engarzaban como uvas corintias, y que hablaban de la delicadeza de un canto de alondra o del aroma de los cerezos en flor. En su narración sobre Juan el loco utilizaba los modismos y la jerga canalla como si él mismo los utilizase en su vida cotidiana. Quizá los utilizó en algún momento de su vida cotidiana. Y en sus “ficciones” y analectas evocaba las máximas de personajes ilustres que nos hacían caer en la cuenta de que lo demás no importa. Pero, en fin, Negro Black había dejado de escribir y ya está, no había que darle más vueltas.
         En el abrumador silencio del aula, el profesor contempló absorto las pantorrillas de su alumna preferida y cómo desde el fondo, Diego Pastrana, el alumno más empollón se afanaba por concluir el examen escribiendo hasta por los bordes del papel. Algunos ya entregaban sus ejercicios, se despedían, reían satisfechos. Otros, remolones, se aferraban a la mesa intentando recordar lo que no podían.
         Ensimismado, el hombre miró por la ventana. Vio que unos niños corrían presurosos detrás de un balón y que, a esa hora, el camión del reparto llegaba a la cafetería del recinto para dispensar su mercancía.
         Como si despertase de un sueño, una voz presente en toda la historia de mochilas y pupitres le desperezó desde el fondo de la clase:
       -¡El timbre, profe!.            

                                                    Estrella del Mar Carrillo Blanco
                                                    Tres Cantos, 5 de Enero de 2015                         
               
                                                       ¡Feliz Año Nuevo!