martes, 16 de abril de 2013

LA MADRE DE VÍCTOR



Estrella del Mar Carrillo Blanco

            Todos los jueves, tras haberse tomado un café con churros en la cafetería del Yordan y mientras el sol aún andaba en el desperezo, la madre de Víctor, Doña Aurora, se acercaba al mercadillo que en la explanada del ferial colocaba sus tenderetes dispuestos a la venta más cercana.
                 Doña Aurora caminaba despacio y con cautela, se paraba ante los objetos más prácticos o más llamativos, y rara vez obedecía a los reclamos de vendedores vocingleros. Gustaba de comprar fruta, verdura, flores y algún bolso, nunca más caro de diez euros, y a su parentela regalaba con alguna chuchería de capricho: un bizcocho artesanal, una herramienta para el coche, unos guantes calentitos, en fin, algo que no les hiciese olvidar que la madre, Doña Aurora, era un ser imprescindible.
                Rara vez usaba del regateo, pero como tampoco era gustosa de que le dieran gato por liebre miraba y remiraba cada motivo de su compra, y no se decidía a la adquisición hasta que no había buscado y comparado.
               Los vendedores ya la conocían y, por eso, la trataban con cierta atención:
-“¿Qué tal le va, Doña Aurora, todo bien?”.
-“¿Y la familia, cómo anda?”. 
-“Hoy tengo unos melocotones estupendos. ¡Venga, guapa, llévate un par de kilos p´a los críos!”.
Después, cuando el carro estaba casi lleno, regresaba por sus pasos y desandaba  todo el mercadillo por si hubiera olvidado algo. 
Antes de volver a casa, entraba a comprar el pan y saludaba al dueño de la sala Mirage, contigua a la panadería y cercana a su propia vivienda. En aquella ocasión, el saludo iba a ser más entusiasta de lo acostumbrado, ya que al día siguiente Víctor y su banda de rock actuarían a la caída de la tarde.
Para Doña Aurora, las actuaciones de su hijo siempre eran motivo de festejo, por eso andaba con mucho cuidado para no ocasionar ningún desaire a los dueños de los locales donde Víctor solía tocar. En esas noches, la mujer brillaba con luz propia: se arreglaba como una colegiala dotando a su apariencia de un aire juvenil, mientras departía con los padres  de los compañeros de Víctor como si ella misma fuera la estrella invitada. Manteniendo una más que prudente distancia, se ocupaba de todos y cada uno de los detalles incitando a su marido, técnico electricista, a poner orden en aquel tinglado de cables, altavoces, instrumentos, micrófonos y demás útiles propios de la orquesta.
Durante las pruebas de sonido, Doña Aurora señalaba con leve gesto cualquier acople o desacorde colado en el ensayo; y hablaba muchas veces con Víctor sobre la posibilidad de renovar el material. En el momento en que todo estaba dispuesto, aprovechaba para hacer un breve mutis y supervisar su look.
Ese día, la mujer comentó con el dueño de la sala cuál sería el repertorio de los chicos y lo que cobrarían por la actuación. Aunque a su hijo no le hacía demasiada gracia esa intromisión, Doña Aurora precisaba tales asuntos porque, según su criterio, jamás consentiría que los chavales fuesen engañados o que alguien pudiera aprovecharse de ellos. El evento, por si fuera poco, iba a tener su importancia, ya que Víctor presentaría composiciones propias y se invitaría a una consumición a todos los asistentes.
Además, las fechas venideras se presentaban intensas: al día siguiente viernes, la actuación en el Mirage;  seguidamente, el sábado, la banda intervendría en el  Centro Joven de Alcorcón y el chico había enviado invitaciones a todos los conocidos, entre ellos a la madre de Alex con la que Doña Aurora mantenía una extraña relación: por un lado manifestaban entre sí una sincera simpatía, aunque, por otro, sofocaban cierta competitividad en cuanto a sus formas con los chavales. Por lo demás, el calendario de “bolos” y actuaciones, estando a la puerta las vacaciones de Navidad, se iba completando cada vez más; la misma noche de Fin de Año el grupo estaba contratado para una macrofiesta en las afueras de Móstoles  y no era conveniente dejar nada al albur.  Aparte de las licencias, permisos y  resto de papeleo legal, los ensayos no podían abandonarse, con lo que el período de descanso escolar  se anunciaba extremadamente agitado.
Después de ultimar algunos pequeños detalles, Doña Aurora se las apañó para correr a casa y preparar rápidamente la comida. El gozo que sentía ante la perspectiva de los próximos  conciertos sonrosaba sus mejillas. Como si de una niña se tratase  se entretuvo en preparar, de propia mano,  un exquisito postre  abundante en canela y chocolate, al que añadió una gran guinda en el centro para dar color.

                                                                            Marzo de 2013