viernes, 29 de marzo de 2013
martes, 26 de marzo de 2013
LA CARTA
Estrella del Mar Carrillo Blanco
La madre de Alex
mostraba con frecuencia un gesto melancólico. Solía ser más que habitual que
una sombra ensimismada y triste asomara a sus ojos, duros y oscuros,
especialmente en las tardes en las que el hijo no llegaba a la hora prevista.
Sus pensamientos, en ocasiones, proyectaban infancias extraviadas y sus
palabras, de una transcendencia inusual, no dejaban cabida a más opciones que
las que ella pusiera sobre la mesa. Con todo, su rostro se tornaba grato cuando
en los días de primavera un renovado alborozo embargaba su ánimo y su pecho se
henchía pletórico de salud.
En su juventud,
la madre de Alex había recibido muchas cartas de un antiguo novio embarcado en
la Marina por aquello de querer ver mundo y obtener pronto un sueldo
profesional. Se intercambiaban cartas semanales que, por parte de ella,
sobrepasaban en extensión los límites más sensatos. A él le debían hacer gracia
esos pormenores y le servirían de solaz entretenimiento porque la relación duró
varios años y ella anduvo ilusionada con un posible casamiento final. Pero la
cosa acabó según lo previsible: el marinero se fue con otra y la joven no
volvió a saber nunca más de él.
A lo largo de
aquella época, la madre de Alex recibió otras cartas: de amigos, novios,
medionovios, amigas, conocidas, familiares y de una suscripción mensual a una
revista literaria. Nunca, claro está, fueron tan emotivas como las que
mantuviera con su gran amor, pero al menos pudo constatar lo siguiente:
1º. Que no todo el
mundo estaba dotado para la correspondencia amistosa.
2º. Que no todo el
mundo estaba dotado para la creación en el arte de la escritura.
3º. Que algunas
personas escribían cartas por el ánimo de quedar bien y por mantener ciertas
costumbres burguesas.
4º. Que, salvo un par de
casos excepcionales, las tarjetas postales que recibía de los lugares donde
veraneaban los remitentes, siempre cerraban sus imágenes en un mar lejano o en
parejas de paisanos vestidos con atuendos típicos de la región.
Poco a poco y con
el paso de los años, la madre de Alex fue recibiendo menos cartas. El teléfono
sustituía implacablemente el intercambio de noticias y los amigos que
interesaban, siendo cada vez menos, no se alejaban tanto como para mantener una
relación epistolar. Las tarjetas dieron paso a las felicitaciones de Navidad y,
durante el verano, ella compraba postales de estilo que guardaba en un álbum de
colección. Siendo Alex todavía un niño, le obligaba a enviar a sus abuelos
varias fotografías en color sepia de los lugares que visitaban y, con la irrupción de los medios
digitales, remitía a hermanos y sobrinos
correos electrónicos con imágenes captadas en franco fervor consumista.
Desde que se
hiciera funcionaria, la madre de Alex se había acostumbrado a que el cartero la
reconociera por los panfletos profesionales que, con acuse de recibo, estaba
obligada a recibir y por las multas de tráfico que, desde las limitaciones de
velocidad impuestas por las ordenanzas municipales, sobresaltaban su salario
por mucho que las recurriera.
A diario
rebosaba en su buzón propaganda variopinta junto a facturas y aviso de pagos
que agriaban su retorno a casa. Ella tenía por costumbre hacer un atadijo en
forma de lazo con toda la propaganda y sobres inservibles para arrojarlo al
contender de reciclaje. Aquel día, como siempre, regresaba del trabajo cansada
y sin demasiada esperanza en el género humano. Estando cercanas las fiestas
navideñas dudaba de que alguien enviase una felicitación interesante.
Descartadas las de empresas como El Corte Inglés o el taller mecánico donde
habitualmente llevaba su coche que nunca fallaban, pensaba que si los amores
decepcionan los amigos también y, aunque ella se empeñaba en felicitar a los
más allegados, no siempre era correspondida. Por tanto, se dispuso a mirar el
buzón como hacía todos los días sin esperar nada especial.
Esta vez,
sin embargo, no asomaba ningún folleto ni aparentaba haber ninguna misiva; no
obstante, abrió la portezuela por si acaso y….¡hete aquí! apareció algo que la
sorprendió. Un sobrecito tamaño tarjeta de visita se escondía en el último
rincón del menudo cajetín. No llevaba remitente pero el nombre femenino y la
dirección se describían con absoluta nitidez. El sello, de Joan Miró, asemejaba
un pájaro herido y la solapa se hallaba pegada a conciencia, no existía ningún
cuidado de que del interior se escapase nada. Por un momento, la madre de Alex
se estremeció, “¿de quién sería esa carta?”. La abrió con cierta avidez y
alguna dificultad, extrayendo del interior una pequeña tarjeta con un logotipo
oriental: “La envidia de la diosa” se leía debajo con letras entrelazadas. Por
detrás, la misma caligrafía del sobre decía así:
“Una vez más, al pie del cañón.
Soy Víctor y tengo el honor de invitaros,
a
Alex y a ti,
al concierto de “La envidia de
la diosa”
que se celebrará en el Centro Joven de
Alcorcón el 22 de diciembre de 2010.
Alex participará con nosotros.
Un abrazo
Víctor
19´30 Apertura de puertas
Entrada gratuíta”
La mujer estalló en
una amplia sonrisa. Aquello sí que era una sorpresa. Una simpática y grata
sorpresa. Bien era cierto que permitía, con bastante asiduidad, que su hijo
Alex y el grupo musical del que formaba parte ensayasen en los bajos de su casa
y se quedasen a dormir si se terciaba. Pero de ahí a recibir aquella invitación
tan formal la cosa tenía su gracia. Guardó cuidadosamente la carta en su bolso
y se preguntó si Alex tendría algo que ver con todo aquello; en cualquier caso
la decisión de acudir al concierto ya estaba tomada y no habría nada que la
hiciera cambiar de intención. Un renovado alborozo embargó su ánimo y su pecho
se henchía pletórico de salud cual si hubiera llegado la primavera. A partir de
ese momento, decidió hablar más con el cartero.
Abril de 2011
miércoles, 20 de marzo de 2013
LA CURIOSIDAD DE VÍCTOR
Estrella del Mar Carrillo Blanco
Anduvo comprando
cuerdas y partituras por las tiendas que rodean la plaza de la Ópera. Regresaba
contento, había encontrado dos libros con piezas y canciones inéditas: uno de
Bowie y otro de Tom Petty; además le habían salido muy bien de precio.
La tarde se encontraba
algo espesa, hacía calor, eso contando con que no había finalizado el mes
de abril y, Víctor, deseando llegar a casa para colocar las cuerdas y dar unos
buenos toques de guitarra, se encaminó con determinación hacia la Puerta del
Sol. Allí tomó el metro hasta
Atocha-Renfe. Como el vagón prácticamente se había vaciado en el cambio de
estación, Víctor tomó asiento y se puso a hojear los libros. Andaba tan distraído
en esa tarea que no se percató mucho de los viajeros que habían tomado el tren
en Tirso de Molina. Le gustaban las canciones de David Bowie y, mientras las
entonaba por lo bajo, paseó indiferente la mirada por el vagón de metro.
Primero miró sin ver, como no reconociendo a nadie, pero una alarma en su
cerebro se acababa de activar. Al fondo, junto a la puerta que permitía el paso
de un vagón a otro, un hombre enjuto, de aspecto gris y desaliñado y con unas
gafas de pasta que seguramente le quedaban grandes, llamó la atención de Víctor.
Iba de pie y leía
"El Mundo" mientras sujetaba torpemente, bajo la axila, una cartera
de cuero bastante deteriorada. Víctor le reconoció: había sido su profesor
de Sociales en 3º de la E.S.O. Como si un nuevo ímpetu le embargase
comenzó a mirar de reojo a ese hombre que, durante un curso entero, se lo puso
muy difícil y se las hizo pasar canutas. Decidió espiarle.
De momento,
ambos seguían el mismo trayecto y no parecía que ninguno fuese a cambiar
de situación. Cuando llegaron a Atocha-Renfe los dos se apearon, uno por la
puerta central y el otro por el lateral izquierdo. Víctor caminaba despacio
manteniendo una distancia más que prudencial. Observó que el profesor se
dirigía también hacia los torniquetes de RENFE y, para su entusiasmo, el hombre
había encaminado sus pasos hacia la vía por donde transitaban los trenes de
Móstoles. Víctor se detuvo un rato disimulando el interés que sentía por el
individuo aquel.
Cogieron el tren de Atocha-Móstoles-El Soto. Seguramente los dos se dirigían al
mismo destino ya que, al fín y al cabo, el hombre había sido tutor del
chico en el I.E.S. "Juan Gris" de Móstoles. Esa era, al menos, la
ilusión que Víctor se hacía mientras vigilaba desde el fondo la actitud de su
antiguo profesor, que ahora se había sentado y leía un artículo postrero con el
periódico doblado hacia sí.
Cuál no sería su sorpresa cuando en la estación de Alcorcón el hombre se
levantó dispuesto a bajarse allí mismo. Víctor se apresuró
a hacer lo propio. Ya fuera, el hombre tomó
la calle San Isidro cuesta arriba y torció por el
Paseo de Castilla. Víctor le seguía con cierta ansiedad. Después, el profesor
cruzó la Plaza de los Caídos por la acera de la derecha y continuó
hacia la calle Colón. Víctor apretó contra su pecho la bolsa con los libros de
música.
A la altura casi de la calle Vizcaya, el hombre se echó la mano al bolsillo y
sacó de allí un grueso llavero que utilizó en abrir el portal número
veinticinco. Víctor, vigilante desde la esquina de la calle Alfares, no
cabía en sí de gozo. Había descubierto dónde vivía su antiguo tutor de 3º
de E.S.O., ya sólo le faltaban algunos datos: ¿en qué piso?¿estaría soltero o
casado?¿tendría hijos?¿a qué equipo de fútbol le sería fiel?¿por qué había
cogido el metro en Tirso de Molina?. Y, sobre todo y lo más importante, ¿cómo
se llamaba su antiguo profesor de Sociales que se las había hecho pasar canutas
y al que, que él recordase, todos apodaban el "CaraHuevo"?.
MARZO DE 2011
jueves, 14 de marzo de 2013
VÍCTOR
Victor había llegado, como siempre, antes de la hora. A
pesar del corto espacio fronterizo que separaba Móstoles de Alcorcón, Victor
solía coger el autobús cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes de su cita y,
ello, le permitía recrearse por los escaparates que jalonaban la llegada a la
casa donde impartía la clase de Matemáticas.
El niño abrió la puerta con una rebanada de Nocilla entre
las manos.
-¡Hola, Victor!. Me acababa de preparar la merienda.
-Ya te veo.¿Has hecho los deberes que te mandé el otro día?.
-Sí, y también he terminado los deberes que me han mandado en el insti.
Ya voy entendiendo mejor los problemas de geometría.
Victor paseaba distraídamente la mirada por los
estantes de la habitación. Sus dedos, afilados por el ejercicio de la guitarra,
rasgueaban el tirante en el que portaba multitud de chapitas con sus cantantes
favoritos.
Impartió la clase como siempre, entusiasta y
jovial, apurando aquellas cuestiones aritméticas que más quebraderos de cabeza
le habían ocasionado a él en 2º de la E.S.O. Obviaba, por supuesto, que en su
paso por el Bachillerato las matemáticas se le habían atragantado y era incapaz
de superarlas. A pesar de todo, se atrevía a enseñar Matemáticas, Música e
Inglés a aquellos mozalbetes que, en su zona de confluencia, le avisaran por
los anuncios colgados en internet.
Cuando terminó la clase, los padres del niño
aún no habían regresado del trabajo. Víctor no podía marcharse dejando al crío
solo y, además, necesitaba cobrar el emolumento de su trabajo. Con lo que
colocó al niño delante de la Playstation y él se dedicó a deambular por la casa
buscando algo con lo que colmar su insaciable curiosidad. Unos ojos vivos y
agudos, engarzados sobre un rostro afilado y cortado a cepillo, repasaban cada
cuadro, figura o adorno del entorno. Se coló en la cocina, la verdad es que la
actividad pedagógica le había despertado el apetito. Abrió la nevera y troceó
un poco de empanada que asomaba envuelta en un papel de fina pastelería. Devoró
con avidez propiciando cortos pasitos de baile en aquella gran cocina de toques
minimalistas.
Y, de repente, los vió.
Franqueando la puerta que separaba la
estancia de una hermosa terraza herméticamente cerrada al exterior, apareció
una majestuosa jaula con un pequeño loro y un periquito verdiazul. Víctor tomó
una servilleta de papel y se limpió con impaciencia.
Saludó al loro. Este, con parsimonia, le miró
indiferente.
Victor volvió a saludar. Se preguntó si
alguno de los dos animales sería capaz de hablar, por lo que insistió una y
otra vez en sonidos guturales y, en ocasiones, con palabras procaces. Como el
loro ni el periquito respondieran ni por esas, Víctor acertó a meter el dedo
entre los barrotes de la jaula con el fin de movilizar a aquellas aves de una
manera o de otra.
Ahí sí respondieron los pajarracos
lanzándose sobre el índice intentando picotear el incómodo elemento que les
sacaba de su letargo.
Ya que Víctor veía peligrar el objeto
de sus clases de guitarra, echó la mano al bolsillo trasero y sacó el bolígrafo
Bic con el que había garabateado fórmulas y quebrados un momento antes.
El loro, claramente embravecido,
mostraba huecas sus plumas y miraba desafiante agarrado fuertemente al columpio
de la jaula. Víctor, como si de una ariete se tratara, empuñó el bolígrafo y
arremetió contra la barriga del loro con toda la fuerza de que fue capaz. Un estrepitoso
grito gallináceo arañó el silencio de la cocina, mientras que un abanico de
plumas de colores se desparramaba acertando a atravesar los barrotes de la
jaula.
Nuevamente Víctor empuñó el
ariete y esta vez fijó su objetivo en el pobre periquito. El escándalo formado
entre los desgraciados animales fue tal que a punto estuvo de que el juego de
la Play quedase inacabado por culpa del jaleo que se había formado en la
cocina.
-Víctor, ¿qué pasa?.
-Nada, nada. Tú sigue a lo tuyo que estoy
guardando mis cosas para estar listo cuando lleguen tus padres.
Cuando éstos aparecieron, Víctor
explicó que, debido a la tardanza, había sentido un poco de hambre y ello le
llevó a atacar la empanada que encontró en el frigorífico pero, por descuido o
atrevimiento, unas plumas delatoras provocaron en el padre una torva mirada
hacia el muchacho mezclada con extrañeza. Los pájaros, huidizamente, miraban de
soslayo encerrados en su jaula y a Víctor, con el rostro afilado y el corte de
cepillo, se le había dibujado una gran sonrisa abierta de oreja a oreja.
miércoles, 13 de marzo de 2013
ARTES ESCÉNICAS, MÚSICA Y DANZA
El anteproyecto de Ley de reforma educativa (L.O.M.C.E.), impulsada por el ministro Wert, suprime una de las dos vías incluidas hasta ahora en la modalidad de Artes dentro del Bachillerato, esto es, la modalidad de Artes Escénicas, Música y Danza.
Esta es una de las modalidades que se imparten en el IES “Jorge Manrique” de Tres Cantos. Pues bien, estamos en contra de su desaparición por las siguientes razones:
-Porque es una modalidad que, desde hacía tiempo, estaba siendo demandada. Son numerosos los alumnos que acceden a estos estudios y resulta obvio que en la oferta de una educación pública de calidad han de estar presentes las enseñanzas musicales y escénicas.
-No es una modalidad especialmente costosa y sí resulta, sin embargo, de gran éxito social y académico, obteniendo los alumnos que la cursan unos resultados por encima de la media.
-La supresión de esta modalidad de Bachillerato supone un retroceso con respecto a las conquistas logradas para dignificar las enseñanzas artísticas, las cuales han sido históricamente castigadas.
-La
existencia de este Bachillerato permite a los alumnos obtener una formación
musical completa que pueden compatibilizar con sus estudios en el
Conservatorio. Su desaparición, les obliga a una sobrecarga académica en unas
enseñanzas sumamente exigentes y que implican muchas horas de estudio y de
práctica.
-Con la eliminación de este bachillerato, los alumnos tendrán que estudiar otras materias ajenas al mismo y además tener que aprobar sus estudios del Conservatorio, con una sobrecarga académica que muchos alumnos no pueden afrontar.
-Con esta medida, en definitiva, se impide que los alumnos lleguen a los Conservatorios superiores, a las orquestas, a los conciertos, a las Compañías de Danza.
Da la sensación de que la impartición pública de las Artes escénicas, la Música y la Danza no son una prioridad para el Ministerio de Educación. ¿Le preocuparán más si se trata de una enseñanza privada?.
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