martes, 16 de enero de 2018

UN ENCUENTRO



                                                          UN ENCUENTRO

Él,  trabajaba como comercial  en una empresa inmobiliaria. Todas las mañanas corría a coger el autobús en la primera parada de la terminal. Lo hacía presuroso, alegre, con la convicción de que la jornada le iba a deparar algo extraordinario y de que, de algún modo y durante unas  horas, olvidaría su soledad.
Ella, masajista de profesión, solía guardar la fila en la tercera parada del bus. Mientras esquivaba los empujones de la gente que se agolpaba para subir rápidamente, ella intentaba  coger la barra central con el fin de guardar el equilibrio.
Aquella mañana, la fortuna o el azar, hizo que los dos encontrasen asiento el uno junto al otro. No se miraron pero un ligero aroma, un perfume que recordaba la infancia, penetró por todos los sentidos de él. Cuando llegaron a la población más cercana, ella, que había estado jugando con el teléfono móvil durante todo el trayecto, hurgó en su bolso y se levantó presurosa intentando alcanzar la puerta de salida. No se percató de que, tras abandonar su butaca, un fino pañuelo de puntilla blanca había quedado caído allí mismo. Cuando se bajó, él se abalanzó sobre el objeto como si alguien lo fuese a robar. Una vez lo tuvo entre sus manos, lo acercó a su rostro y volvió a percibir ese aroma a infancia, ese perfume cálido que tanto le había impresionado.
Pasaron varios días, y ella no apareció por la parada del bus. Él guardaba el pañuelo como si de un tesoro se tratase. Hasta que una mañana, y sin que ya no esperase nada, la masajista ascendió por el transporte público y volvió a sentarse junto a él. Esta vez la saludó y, con el pretexto de devolverle la preciada prenda, se atrevió a preguntarle por su ausencia durante aquellos días. Así, se enteró de que había estado enferma con una gripe que la había sujetado a la cama, que tenía un hijo de 6 años y que estaba separada.
Él, embriagado, volvió a percibir el aroma de la infancia y, poco a poco, sin que fuese capaz de decírselo a sí mismo sintió que, a partir de ese momento, ya nunca más volvería a recordar su soledad.

                                                                                    Estrella del Mar Carrillo Blanco
                                                                                         10 de Diciembre de 2016

lunes, 5 de enero de 2015

TAEDIUM VITAE





       Cae de lleno el plomizo aburrimiento sobre las hojas que se reparten para el inminente examen. No se puede  tener más sensación de tedio que la del profesor que ordena a los alumnos en fila de a uno dando indicaciones para evitar cualquier desvío, alteración o fraude en la prueba. Al comenzar el ejercicio los alumnos levantan la mano, reniegan de las dificultades, consultan dudas, se remueven inquietos no sabiendo muy bien qué contestar. Y el profesor se pasea, resuelve esas dudas, regaña a alguno, señala el tiempo máximo del ejercicio. Y se aburre, se aburre soberanamente. Observa el aula, pasa lista, registra las ausencias. Cae en la cuenta de que algún alumno tiene el móvil encendido. Se lo hace apagar.
        Mientras ordena la mesa, piensa en Mishkin, en Negro Black, en Montenegro. ¿Por qué han dejado de escribir?.  ¿Por qué de tan amplia actividad  que manifestaran se había pasado al más absoluto de los silencios?.
        En esto un alumno pide una cuartilla, otro eleva una queja sobre el examen, otro hace una consulta. Una vez resueltos todos los requerimientos, el profesor observa el plano de evacuación situado en la puerta de salida. Suspira por que llegue la hora en que se acabe todo. Y al decir todo se refiere a todo: este examen, la mañana, esta semana, el mes, la vida. ¿Por qué Negro Black ya no escribía en La Rívoli?.  Él, que había sido el más prolífico escritor del blog, y el más ingenioso, y el más literario. De repente, cortó la producción. E, inexplicablemente, nos dejó a los demás sin respuesta cuando intentábamos averiguar sus razones. Y Montenegro y Mishkin siguieron sus pasos: escritos esporádicos, dos o tres reseñas, algún poema y, después, nada. ¡Qué aplastante desazón provoca la nada!. La nada de este examen y  la de tantos otros. La nada de las clases, de las relaciones entre compañeros, de los aburridos claustros, de las cansinas sesiones de evaluación. Se preguntó si la nada sería lo mismo que el vacío. Si el vacío tenía una dimensión física y la nada era sólo metafísica. Pensó en Unamuno.
     En ese instante un alumno dejó caer un pequeño papel de entre los numerosos que llevaba ya escritos. Era una chuleta y el profesor, cansado y aturdido, lo recogió del suelo. Mostró su enfado e inmediatamente solicitó las hojas del examen y la expulsión del chaval. Le enfadaban estos intentos de engaño, estas pequeñas desviaciones en las que percibía en los chicos su falta de honestidad.
        Cuando Negro Black escribía sobre Matsuo Basho lo hacía desde el más íntimo conocimiento de esos jaikus que se engarzaban como uvas corintias, y que hablaban de la delicadeza de un canto de alondra o del aroma de los cerezos en flor. En su narración sobre Juan el loco utilizaba los modismos y la jerga canalla como si él mismo los utilizase en su vida cotidiana. Quizá los utilizó en algún momento de su vida cotidiana. Y en sus “ficciones” y analectas evocaba las máximas de personajes ilustres que nos hacían caer en la cuenta de que lo demás no importa. Pero, en fin, Negro Black había dejado de escribir y ya está, no había que darle más vueltas.
         En el abrumador silencio del aula, el profesor contempló absorto las pantorrillas de su alumna preferida y cómo desde el fondo, Diego Pastrana, el alumno más empollón se afanaba por concluir el examen escribiendo hasta por los bordes del papel. Algunos ya entregaban sus ejercicios, se despedían, reían satisfechos. Otros, remolones, se aferraban a la mesa intentando recordar lo que no podían.
         Ensimismado, el hombre miró por la ventana. Vio que unos niños corrían presurosos detrás de un balón y que, a esa hora, el camión del reparto llegaba a la cafetería del recinto para dispensar su mercancía.
         Como si despertase de un sueño, una voz presente en toda la historia de mochilas y pupitres le desperezó desde el fondo de la clase:
       -¡El timbre, profe!.            

                                                    Estrella del Mar Carrillo Blanco
                                                    Tres Cantos, 5 de Enero de 2015                         
               
                                                       ¡Feliz Año Nuevo!

jueves, 19 de diciembre de 2013







FELIZ NAVIDAD A TODOS LOS LECTORES DE ESTE BLOG

Estrella

domingo, 12 de mayo de 2013

LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO



                                          
(PROPUESTAS DE LA L.O.M.C.E. O CÓMO EDUCAR CON PIENSO INDUSTRIAL)

              Después de leer el cuarto borrador del Anteproyecto de la L.O.M.C.E. (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad de la Enseñanza), he recordado el caso del aquel granjero cuyas gallinas daban huevos de oro.
              Queriendo hacerse rico con más rapidez, cebó a las gallinas hasta engordarlas con pienso industrial y como, aún así, no llegaban a producir todo lo esperado tomó la decisión: las abrió en canal para poder extraer los huevos que pensaba se encontraban dentro. Obviamente, tras el descuartizamiento, el granjero pudo observar que los huevos no estaban dentro de las gallinas y, en consecuencia, había perdido la esperada fortuna.
                Pues bien, la educación es algo más que el engorde de nuestros alumnos en una larga serie de asignaturas instrumentales (entiéndase: matemáticas, lengua y algunas ciencias)  como si de una cadena de montaje se tratase. Es algo más que la castradora instrucción, a través de una ordenación horaria, con visos de producción  industrial. Es algo más que la evaluación externa que se pretende, con el fin de diferenciar entre los que pueden obtener un título académico y los que no. Es algo más que la separación y marginación de aquellos alumnos,  considerados ahora material de desecho, que  no  alcanzan  resultados óptimos porque sus talentos no se lo permiten.
                Si esto no se considera suficientemente convincente, pasemos a exponer las    aportaciones y novedades  que la L.O.M.C.E. nos ofrece hasta el momento:
1.       La L.O.M.C.E. es un documento que prescinde de todo diálogo social. Sus propuestas no han sido debatidas ni discutidas por los agentes sociales representativos de la comunidad educativa.
2.       De su exposición de motivos y de su articulado se desprende una ideología mercantilista y conservadora.
3.       Pone la educación al servicio de la economía, potenciando  las competencias del mercado (vender lo mejor posible la fuerza del trabajo) sustituyendo la educación de ciudadanos/as por la educación como fuerza productiva.
4.       Se establecen itinerarios que separan a los alumnos de forma muy temprana, con dos tipos de enseñanza bien diferenciadas: enseñanzas aplicadas (orientadas a la Formación Profesional), y las enseñanzas académicas (orientadas al Bachillerato y la Universidad) que se tornan cada vez más divergentes y con escasa flexibilidad y retorno.
5.       La Ley propone toda una serie de evaluaciones externas e individualizadas (reválidas) que se convierten en serios obstáculos para la obtención de títulos.
6.       Las Universidades podrán determinar criterios de admisión de alumnos, ya sea por nota final de Bachillerato, materias y modalidad de las mismas, ya sea con pruebas específicas.
7.       Con respecto a la Formación Profesional, la superación de los diferentes ciclos requerirá de la evaluación positiva en todos los módulos que la componen. El título de F.P. básico podrá obtener el de Graduado en E.S.O. si realizan la reválida. El Técnico Superior puede acceder al título de Bachillerato mediante evaluación final, y a Grado Universitario previa superación de un proceso de admisión.
8.       Es una Ley que no plantea soluciones ni responde a las demandas actuales, ya que parte de una falta de diagnóstico riguroso en donde participe toda la comunidad educativa. Se habla de potenciar el talento de todos los/as alumnos/as pero no se crean condiciones para que los/as alumnos/as puedan adquirir y desarrollar esos talentos.
9.       Devalúa el trabajo en el aula tanto de profesores como de alumnos y, aunque menciona constantemente que la evaluación debe ser diferenciada y continua, la menosprecia, así como desconfía claramente del profesorado al introducir evaluaciones externas.
10.   Introduce la figura del “director gestor” (como en la empresa privada), además de establecerse un sistema de certificación previa para acceder al puesto de dirección.
11.   Adelgaza la democracia, ya que restringe la participación de padres y alumnos en el Consejo Escolar, siendo meramente consultiva. Evalúa pero no aprueba, informa pero no decide.
12.   Es una Ley confesional. Sustituye la “Educación para la Ciudadanía” y refuerza la religión, recuperando el esquema de la L.O.C.E. de Aznar (2002) y una reivindicación de la Conferencia Episcopal.


                Con todo ello, si el granjero no obtiene los resultados que diferentes informes nos exigen para estar en el ranking de los excelentes, abriremos a  los/as alumnos/as en canal para ver si los huevos están dentro.

                                                                              MAYO DE 2013
                                                             ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO

martes, 16 de abril de 2013

LA MADRE DE VÍCTOR



Estrella del Mar Carrillo Blanco

            Todos los jueves, tras haberse tomado un café con churros en la cafetería del Yordan y mientras el sol aún andaba en el desperezo, la madre de Víctor, Doña Aurora, se acercaba al mercadillo que en la explanada del ferial colocaba sus tenderetes dispuestos a la venta más cercana.
                 Doña Aurora caminaba despacio y con cautela, se paraba ante los objetos más prácticos o más llamativos, y rara vez obedecía a los reclamos de vendedores vocingleros. Gustaba de comprar fruta, verdura, flores y algún bolso, nunca más caro de diez euros, y a su parentela regalaba con alguna chuchería de capricho: un bizcocho artesanal, una herramienta para el coche, unos guantes calentitos, en fin, algo que no les hiciese olvidar que la madre, Doña Aurora, era un ser imprescindible.
                Rara vez usaba del regateo, pero como tampoco era gustosa de que le dieran gato por liebre miraba y remiraba cada motivo de su compra, y no se decidía a la adquisición hasta que no había buscado y comparado.
               Los vendedores ya la conocían y, por eso, la trataban con cierta atención:
-“¿Qué tal le va, Doña Aurora, todo bien?”.
-“¿Y la familia, cómo anda?”. 
-“Hoy tengo unos melocotones estupendos. ¡Venga, guapa, llévate un par de kilos p´a los críos!”.
Después, cuando el carro estaba casi lleno, regresaba por sus pasos y desandaba  todo el mercadillo por si hubiera olvidado algo. 
Antes de volver a casa, entraba a comprar el pan y saludaba al dueño de la sala Mirage, contigua a la panadería y cercana a su propia vivienda. En aquella ocasión, el saludo iba a ser más entusiasta de lo acostumbrado, ya que al día siguiente Víctor y su banda de rock actuarían a la caída de la tarde.
Para Doña Aurora, las actuaciones de su hijo siempre eran motivo de festejo, por eso andaba con mucho cuidado para no ocasionar ningún desaire a los dueños de los locales donde Víctor solía tocar. En esas noches, la mujer brillaba con luz propia: se arreglaba como una colegiala dotando a su apariencia de un aire juvenil, mientras departía con los padres  de los compañeros de Víctor como si ella misma fuera la estrella invitada. Manteniendo una más que prudente distancia, se ocupaba de todos y cada uno de los detalles incitando a su marido, técnico electricista, a poner orden en aquel tinglado de cables, altavoces, instrumentos, micrófonos y demás útiles propios de la orquesta.
Durante las pruebas de sonido, Doña Aurora señalaba con leve gesto cualquier acople o desacorde colado en el ensayo; y hablaba muchas veces con Víctor sobre la posibilidad de renovar el material. En el momento en que todo estaba dispuesto, aprovechaba para hacer un breve mutis y supervisar su look.
Ese día, la mujer comentó con el dueño de la sala cuál sería el repertorio de los chicos y lo que cobrarían por la actuación. Aunque a su hijo no le hacía demasiada gracia esa intromisión, Doña Aurora precisaba tales asuntos porque, según su criterio, jamás consentiría que los chavales fuesen engañados o que alguien pudiera aprovecharse de ellos. El evento, por si fuera poco, iba a tener su importancia, ya que Víctor presentaría composiciones propias y se invitaría a una consumición a todos los asistentes.
Además, las fechas venideras se presentaban intensas: al día siguiente viernes, la actuación en el Mirage;  seguidamente, el sábado, la banda intervendría en el  Centro Joven de Alcorcón y el chico había enviado invitaciones a todos los conocidos, entre ellos a la madre de Alex con la que Doña Aurora mantenía una extraña relación: por un lado manifestaban entre sí una sincera simpatía, aunque, por otro, sofocaban cierta competitividad en cuanto a sus formas con los chavales. Por lo demás, el calendario de “bolos” y actuaciones, estando a la puerta las vacaciones de Navidad, se iba completando cada vez más; la misma noche de Fin de Año el grupo estaba contratado para una macrofiesta en las afueras de Móstoles  y no era conveniente dejar nada al albur.  Aparte de las licencias, permisos y  resto de papeleo legal, los ensayos no podían abandonarse, con lo que el período de descanso escolar  se anunciaba extremadamente agitado.
Después de ultimar algunos pequeños detalles, Doña Aurora se las apañó para correr a casa y preparar rápidamente la comida. El gozo que sentía ante la perspectiva de los próximos  conciertos sonrosaba sus mejillas. Como si de una niña se tratase  se entretuvo en preparar, de propia mano,  un exquisito postre  abundante en canela y chocolate, al que añadió una gran guinda en el centro para dar color.

                                                                            Marzo de 2013