Solía entender en su delirio que un bostezo cansado es su presidio.
Solía preguntarse por sus huellas y el bucle que retorna a cada instante.
Y, mientras enhebraba los hilos de su desgastada vida, esperaba con método en su silla a que un aroma de sal, de luz y de deseo grabase hondos poemas en todos los rincones de sus ojos.
Cuentan que un día el profeta Muhammad, en su peregrinar, se topó con un hombre
que se afanaba en ahorcar a unos perros que le resultaban ya viejos e
inservibles. El hombre se dedicaba a la cría de estos animales para llevarlos
a las carreras y apostar sobre ellos. Cuando ya no le eran útiles y no
obtenía los beneficios deseados, les aplicaba una feroz y terrible muerte.
El profeta, recriminando semejante conducta, le recordó que ese tipo de actos
vulneraba la interpretación del Corán y que, para Alá, todos los seres
naturales gozaban de su mismo amor.
El hombre le respondió que se metiera en sus asuntos y continuase su camino.
Pero el profeta, desoyendo un tanto la recomendación, dibujó con su
bastón varias líneas en el suelo y se alejó musitando algunas Suras del
Libro Sagrado.
Pasado el tiempo, el hombre aquel enfermó y cayó en desgracia. No teniendo más
compañía que los perros que criaba, éstos le acabaron devorando al no tener
nada para comer.
El poeta Rumí señala que, tal y como indicó el profeta, el hombre ha de
cuidarse de todo lo que la naturaleza le ha concedido y que su alma, hermanada
con el Alma del Universo, ha de procurar la armonía entre todos los seres pues,
de lo contrario, aquellos actos cometidos contra natura recibirán en
correspondencia el más cruento de los castigos.
El
príncipe Ahmed se había levantado temprano y había emprendido su peregrinación
a La Meca. Decidió ir solo, sin mucho equipaje, únicamente con aquello que
pudiese transportar Jalhed, su alazán favorito.
Por grande que fuera su devoción, no dejaba de detenerse en todos aquellos
lugares o con grupos de gente que encontraba a su paso.
Así, en una
pequeña aldea se topó con unos cuantos hombres que disputaban por unas tierras.
Ahmed pensó que si él las compraba y después las arrendaba a partes iguales el
conflicto quedaría zanjado. Así lo hizo. Cuando de nuevo emprendió el camino,
musitó: "¡Alá es grande!".
Al llegar a
la Ciudad Dorada, famosa por su fastuosidad y el buen vivir del que gozaban sus
ciudadanos, observó a los jueces de la misma deliberar sobre qué leyes serían
las más convenientes para preservar la prosperidad. Puesto que no se ponían de
acuerdo, Ahmed decidió dejarles las leyes de su reino. Cuando se marchó, Ahmed
pensó: "¡Alá es grande!".
Un tanto
agotado del viaje, paró a descansar en un frondoso oasis que encontró a su
paso. Había allí un santón que se lamentaba porque sus profecías sólo causaban
la irrisión de la gente. Ahmed le dijo que si cambiaba la forma de narrarlas
seguramente sería escuchado y las mofas cesarían. Una vez que Jalhed hubo
calmado su sed y Ahmed hubo descansado, ambos reemprendieron el
peregrinar. Ahmed pensó, ya de camino:"¡Alá es grande!".
Aproximándose a
la Ciudad Santa, unas mujeres gritaban e insultaban a otra acusándola de
prostituta y de haber seducido a sus maridos. Como no se terminaban de poner de
acuerdo sobre su lapidación, Ahmed cogió una gran piedra, la mayor que
encontró, y la arrojó sobre la supuesta ramera. Tras él, el resto
de mujeres acabó con la vida de la pobre infeliz. Ahmed pensó ya cerca de
la plaza donde se encontraba la Ka´aba: "¡Alá es grande!".
Una vez allí, una
muchedumbre se apiñaba llorando y gritando desconsoladamente. Entre todos aquellos
desgraciados, Ahmed distinguió a los hombres a los que había arrendado las
tierras de la pequeña aldea. Sufrían por no poder pagar el arriendo, ya
que la cosecha no daba el fruto deseado. Más allá, los jueces de la Ciudad
Dorada pedían clemencia por el desastre y la pobreza a la que habían conducido
las últimas leyes impuestas. Atrapado por el gentío, Ahmed fue arrastrado hasta
un grupo de hombres que ajusticiaba al santón del oasis por considerar
heréticas todas sus profecías.
Ahmed, sumido en la
aflicción, se acercó a la Ka´aba. Junto a la Piedra Negra, unas mujeres se
arrancaban entre ellas los vestidos y se acusaban mutuamente de haber dado
muerte a una inocente.
No pudiendo soportar
semejante dolor, Ahmed se arrodilló extendiendo sus brazos en el suelo y
con los ojos bañados en lágrimas. Pensó en Alá y, como si una brisa del
desierto le acariciase el rostro, oyó una voz que le susurraba:
-"¡Ahmed!,
ni siquiera Alá puede dirigir el destino y la libertad de los hombres. Aunque
sea por la
Las mujeres me enseñaron todo
lo que sé. Ellas orientaron mi vida y labraron expectativas donde sólo había
desiertos. La artífice de mi existencia alentó mis compromisos y fortaleció,
con pulso ético, el sentido con el que a diario asumo la realidad.
Mujeres fueron las que me
adentraron en el juego, la lectura, la risa y el sueño. Amigas, vecinas,
conocidas, compañeras me combatieron el miedo y sofocaron la pena en largas
tardes de soledad umbría.
Maestras
y aprendizas, a ellas las ví enfrentarse al mundo cuando elegían a sus hijos
frente a solterías vergonzantes, y a ellas, solas, las ví coger aquellos vuelos
charter en los que apoyaban su elección de prohibidos abortos.
A ellas, cuando regresaban de
la quimio, las ví esbozar una sonrisa y soltar con vencida ironía que lo mejor
era fumarse un porro.
A ellas las ví llorar...y confesar
que la razón de su vida no les era correspondida....
Que nadie me diga que las mujeres son arteras,
celestinas, astutas y enredadoras. Que nadie resalte defectos, actitudes y
condiciones fruto de una educación mediocre y una moral miserable. Que nadie
diga que las mujeres sólo sirven para el sexo...
Costó
mucho esfuerzo, mucha sangre, muchas lágrimas aprobar la Ley Orgánica de
Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, primera Ley que
en este asunto acometió, en 2004, el Gobierno Socialista. En este sentido se ha
avanzado, especialmente en lo respecta a la denuncia social.
No así
en la disminución de víctimas por violencia de género, lo cual resulta
sospechosamente contradictorio y despierta los olfatos más desconfiados. ¿Por
qué el trato hacia las mujeres continúa siendo discriminatorio, sesgado,
suspicaz y, cuanto menos, paternalista?. Y eso siendo consciente de que
decir "cuanto menos" es arriesgado. Ya en el siglo XVIII, el filósofo
Inmanuel Kant señalaba que "el paternalismo es uno de los peores
despotismos" y, claro, en una sociedad en la que por milenios ha primado
una educación patriarcal, todavía resulta extremadamente difícil sacudir de las
entrañas familiares la recurrencia al buen criterio paterno. ¿Por qué sigue
habiendo hombres que, impunemente, continúan maltratando a sus parejas y en el
abismo de su locura terminan con sus vidas?.
El viernes 26 de noviembre de 2010, el
Consejo de Ministros aprobaba un paquete de reformas legislativas que pretenden
acabar de manera más drástica con esta lacra. Pero todavía hay que hacer más, no
es posible detenerse porque de ello depende la vida de muchas mujeres y, por
tanto, es urgente continuar con la prevención y profundizar más en la defensa y
protección de las víctimas. Aún queda mucho camino por recorrer en el ámbito
educativo...
El Ejecutivo ha
considerado prioritario avanzar en la protección de los menores expuestos
a la violencia de género y, por eso, ha introducido las reformas oportunas en
el Código Civil para que se impida la posibilidad de atribuir la guarda y
custodia individual al progenitor incurso en un proceso penal por violencia de
género. Como se señala desde distintos ámbitos institucionales, la única manera
de proteger a un menor es evitando que viva en un contexto de violencia. El
objetivo de la reforma, además del de avanzar en la protección de los
menores, es el de evitar que mujeres maltratadas sean presionadas con la custodia
de los menores, que ninguna mujer se inhiba de iniciar un proceso de separación
o divorcio ante la amenaza de perder la custodia de sus hijos.
A tenor de todo lo dicho, recelo por tanto de algunas normativas ¿autonómicas
quizá? que sancionan al trabajador/a con la deducción de haberes si ha faltado
al trabajo por acompañar a su hijo/a indispuesto/a y no ha cursado justificante
médico. Pero aún recelo más de los jefes/as de personal que aplican la norma a
rajatabla amparándose en el argumento de que no puede haber excepciones porque,
de lo contrario, podrían existir abusos y no se trataría a todos los
trabajadores/as por el mismo rasero. Recelo de los que consideran grandes
mujeres a las que se ocupan de todo, incluso de ellas mismas. Recelo porque, en
esos cánticos hiperbólicos de las supermujeres, se esconde una explotación del
trabajo femenino que, además de legal, suele ser consentida. Recelo de los que
dando palmaditas en la espalda lisonjean tus esfuerzos con sonrisa canina...
Estrechar las
desigualdades sigue siendo una tarea larga, lenta, difícil. La legislación es
necesaria y, como ocurre en ocasiones, se adelanta al sentir social y resulta
incomprensible para las conductas y pensamientos más rancios. Es por eso por lo
que ha de ir acompañada de modelos educativos que inviten a la reflexión e interiorización
de roles donde palabras como "posesión, pretección, inferior..."
queden, de una vez por todas, relegadas al pasado más abyecto de las relaciones
humanas.