RELATO SUFÍ
Estrella del Mar Carrillo Blanco
El
príncipe Ahmed se había levantado temprano y había emprendido su peregrinación
a La Meca. Decidió ir solo, sin mucho equipaje, únicamente con aquello que
pudiese transportar Jalhed, su alazán favorito.
Por grande que fuera su devoción, no dejaba de detenerse en todos aquellos
lugares o con grupos de gente que encontraba a su paso.
Así, en una
pequeña aldea se topó con unos cuantos hombres que disputaban por unas tierras.
Ahmed pensó que si él las compraba y después las arrendaba a partes iguales el
conflicto quedaría zanjado. Así lo hizo. Cuando de nuevo emprendió el camino,
musitó: "¡Alá es grande!".
Al llegar a
la Ciudad Dorada, famosa por su fastuosidad y el buen vivir del que gozaban sus
ciudadanos, observó a los jueces de la misma deliberar sobre qué leyes serían
las más convenientes para preservar la prosperidad. Puesto que no se ponían de
acuerdo, Ahmed decidió dejarles las leyes de su reino. Cuando se marchó, Ahmed
pensó: "¡Alá es grande!".
Un tanto
agotado del viaje, paró a descansar en un frondoso oasis que encontró a su
paso. Había allí un santón que se lamentaba porque sus profecías sólo causaban
la irrisión de la gente. Ahmed le dijo que si cambiaba la forma de narrarlas
seguramente sería escuchado y las mofas cesarían. Una vez que Jalhed hubo
calmado su sed y Ahmed hubo descansado, ambos reemprendieron el
peregrinar. Ahmed pensó, ya de camino:"¡Alá es grande!".
Aproximándose a
la Ciudad Santa, unas mujeres gritaban e insultaban a otra acusándola de
prostituta y de haber seducido a sus maridos. Como no se terminaban de poner de
acuerdo sobre su lapidación, Ahmed cogió una gran piedra, la mayor que
encontró, y la arrojó sobre la supuesta ramera. Tras él, el resto
de mujeres acabó con la vida de la pobre infeliz. Ahmed pensó ya cerca de
la plaza donde se encontraba la Ka´aba: "¡Alá es grande!".
Una vez allí, una
muchedumbre se apiñaba llorando y gritando desconsoladamente. Entre todos aquellos
desgraciados, Ahmed distinguió a los hombres a los que había arrendado las
tierras de la pequeña aldea. Sufrían por no poder pagar el arriendo, ya
que la cosecha no daba el fruto deseado. Más allá, los jueces de la Ciudad
Dorada pedían clemencia por el desastre y la pobreza a la que habían conducido
las últimas leyes impuestas. Atrapado por el gentío, Ahmed fue arrastrado hasta
un grupo de hombres que ajusticiaba al santón del oasis por considerar
heréticas todas sus profecías.
Ahmed, sumido en la
aflicción, se acercó a la Ka´aba. Junto a la Piedra Negra, unas mujeres se
arrancaban entre ellas los vestidos y se acusaban mutuamente de haber dado
muerte a una inocente.
No pudiendo soportar
semejante dolor, Ahmed se arrodilló extendiendo sus brazos en el suelo y
con los ojos bañados en lágrimas. Pensó en Alá y, como si una brisa del
desierto le acariciase el rostro, oyó una voz que le susurraba:
-"¡Ahmed!,
ni siquiera Alá puede dirigir el destino y la libertad de los hombres. Aunque
sea por la
grandeza de Alá".
Marzo de 2002
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