jueves, 19 de diciembre de 2013
domingo, 12 de mayo de 2013
LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO
Después de leer el
cuarto borrador del Anteproyecto de la L.O.M.C.E. (Ley Orgánica para la Mejora
de la Calidad de la Enseñanza), he recordado el caso del aquel granjero cuyas
gallinas daban huevos de oro.
Queriendo hacerse
rico con más rapidez, cebó a las gallinas hasta engordarlas con pienso
industrial y como, aún así, no llegaban a producir todo lo esperado tomó la
decisión: las abrió en canal para poder extraer los huevos que pensaba se
encontraban dentro. Obviamente, tras el descuartizamiento, el granjero pudo
observar que los huevos no estaban dentro de las gallinas y, en consecuencia,
había perdido la esperada fortuna.
Pues bien, la
educación es algo más que el engorde de nuestros alumnos en una larga serie de
asignaturas instrumentales (entiéndase: matemáticas, lengua y algunas ciencias)
como si de una cadena de montaje se
tratase. Es algo más que la castradora instrucción, a través de una ordenación
horaria, con visos de producción
industrial. Es algo más que la evaluación externa que se pretende, con
el fin de diferenciar entre los que pueden obtener un título académico y los
que no. Es algo más que la separación y marginación de aquellos alumnos, considerados ahora material de desecho,
que no
alcanzan resultados óptimos
porque sus talentos no se lo permiten.
Si esto no se
considera suficientemente convincente, pasemos a exponer las aportaciones y novedades que la L.O.M.C.E. nos ofrece hasta el momento:
1. La L.O.M.C.E. es un documento que prescinde
de todo diálogo social. Sus propuestas no han sido debatidas ni discutidas por
los agentes sociales representativos de la comunidad educativa.
2. De su exposición de motivos y de su
articulado se desprende una ideología mercantilista y conservadora.
3. Pone la educación al servicio de la
economía, potenciando las competencias
del mercado (vender lo mejor posible la fuerza del trabajo) sustituyendo la
educación de ciudadanos/as por la educación como fuerza productiva.
4. Se establecen itinerarios que separan a los
alumnos de forma muy temprana, con dos tipos de enseñanza bien diferenciadas:
enseñanzas aplicadas (orientadas a la Formación Profesional), y las enseñanzas
académicas (orientadas al Bachillerato y la Universidad) que se tornan cada vez
más divergentes y con escasa flexibilidad y retorno.
5. La Ley propone toda una serie de
evaluaciones externas e individualizadas (reválidas) que se convierten en
serios obstáculos para la obtención de títulos.
6. Las Universidades podrán determinar
criterios de admisión de alumnos, ya sea por nota final de Bachillerato,
materias y modalidad de las mismas, ya sea con pruebas específicas.
7. Con respecto a la Formación Profesional, la
superación de los diferentes ciclos requerirá de la evaluación positiva en
todos los módulos que la componen. El título de F.P. básico podrá obtener el de
Graduado en E.S.O. si realizan la reválida. El Técnico Superior puede acceder
al título de Bachillerato mediante evaluación final, y a Grado Universitario
previa superación de un proceso de admisión.
8. Es una Ley que no plantea soluciones ni
responde a las demandas actuales, ya que parte de una falta de diagnóstico
riguroso en donde participe toda la comunidad educativa. Se habla de potenciar
el talento de todos los/as alumnos/as pero no se crean condiciones para que los/as
alumnos/as puedan adquirir y desarrollar esos talentos.
9. Devalúa el trabajo en el aula tanto de
profesores como de alumnos y, aunque menciona constantemente que la evaluación
debe ser diferenciada y continua, la menosprecia, así como desconfía claramente
del profesorado al introducir evaluaciones externas.
10. Introduce la figura del “director gestor”
(como en la empresa privada), además de establecerse un sistema de
certificación previa para acceder al puesto de dirección.
11. Adelgaza la democracia, ya que restringe la
participación de padres y alumnos en el Consejo Escolar, siendo meramente
consultiva. Evalúa pero no aprueba, informa pero no decide.
12. Es una Ley confesional. Sustituye la
“Educación para la Ciudadanía” y refuerza la religión, recuperando el esquema
de la L.O.C.E. de Aznar (2002) y una reivindicación de la Conferencia
Episcopal.
Con todo ello, si
el granjero no obtiene los resultados que diferentes informes nos exigen para
estar en el ranking de los excelentes, abriremos a los/as alumnos/as en canal para ver si los
huevos están dentro.
MAYO DE 2013
ESTRELLA DEL MAR CARRILLO BLANCO
martes, 7 de mayo de 2013
martes, 16 de abril de 2013
LA MADRE DE VÍCTOR
Estrella del Mar Carrillo Blanco
Todos los jueves, tras
haberse tomado un café con churros en la cafetería del Yordan y mientras el sol
aún andaba en el desperezo, la madre de Víctor, Doña Aurora, se acercaba al
mercadillo que en la explanada del ferial colocaba sus tenderetes dispuestos a
la venta más cercana.
Doña Aurora
caminaba despacio y con cautela, se paraba ante los objetos más prácticos o más
llamativos, y rara vez obedecía a los reclamos de vendedores vocingleros.
Gustaba de comprar fruta, verdura, flores y algún bolso, nunca más caro de diez
euros, y a su parentela regalaba con alguna chuchería de capricho: un bizcocho
artesanal, una herramienta para el coche, unos guantes calentitos, en fin, algo
que no les hiciese olvidar que la madre, Doña Aurora, era un ser
imprescindible.
Rara vez usaba
del regateo, pero como tampoco era gustosa de que le dieran gato por liebre
miraba y remiraba cada motivo de su compra, y no se decidía a la adquisición
hasta que no había buscado y comparado.
Los vendedores ya
la conocían y, por eso, la trataban con cierta atención:
-“¿Qué tal le va, Doña Aurora, todo bien?”.
-“¿Y la familia, cómo anda?”.
-“Hoy tengo unos melocotones estupendos.
¡Venga, guapa, llévate un par de kilos p´a los críos!”.
Después, cuando el carro estaba
casi lleno, regresaba por sus pasos y desandaba todo el mercadillo por si hubiera olvidado
algo.
Antes de volver a casa, entraba a
comprar el pan y saludaba al dueño de la sala Mirage, contigua a la panadería y cercana a su propia vivienda. En
aquella ocasión, el saludo iba a ser más entusiasta de lo acostumbrado, ya que
al día siguiente Víctor y su banda de rock actuarían a la caída de la tarde.
Para Doña Aurora, las actuaciones
de su hijo siempre eran motivo de festejo, por eso andaba con mucho cuidado
para no ocasionar ningún desaire a los dueños de los locales donde Víctor solía
tocar. En esas noches, la mujer brillaba con luz propia: se arreglaba como una
colegiala dotando a su apariencia de un aire juvenil, mientras departía con los
padres de los compañeros de Víctor como
si ella misma fuera la estrella invitada. Manteniendo una más que prudente
distancia, se ocupaba de todos y cada uno de los detalles incitando a su
marido, técnico electricista, a poner orden en aquel tinglado de cables,
altavoces, instrumentos, micrófonos y demás útiles propios de la orquesta.
Durante las pruebas de sonido,
Doña Aurora señalaba con leve gesto cualquier acople o desacorde colado en el
ensayo; y hablaba muchas veces con Víctor sobre la posibilidad de renovar el
material. En el momento en que todo estaba dispuesto, aprovechaba para hacer un
breve mutis y supervisar su look.
Ese día, la mujer comentó con el
dueño de la sala cuál sería el repertorio de los chicos y lo que cobrarían por
la actuación. Aunque a su hijo no le hacía demasiada gracia esa intromisión,
Doña Aurora precisaba tales asuntos porque, según su criterio, jamás
consentiría que los chavales fuesen engañados o que alguien pudiera
aprovecharse de ellos. El evento, por si fuera poco, iba a tener su
importancia, ya que Víctor presentaría composiciones propias y se invitaría a
una consumición a todos los asistentes.
Además, las fechas venideras se
presentaban intensas: al día siguiente viernes, la actuación en el Mirage; seguidamente, el sábado, la banda intervendría
en el Centro Joven de Alcorcón y el
chico había enviado invitaciones a todos los conocidos, entre ellos a la madre
de Alex con la que Doña Aurora mantenía una extraña relación: por un lado
manifestaban entre sí una sincera simpatía, aunque, por otro, sofocaban cierta
competitividad en cuanto a sus formas con los chavales. Por lo demás, el
calendario de “bolos” y actuaciones, estando a la puerta las vacaciones de
Navidad, se iba completando cada vez más; la misma noche de Fin de Año el grupo
estaba contratado para una macrofiesta en las afueras de Móstoles y no era conveniente dejar nada al
albur. Aparte de las licencias, permisos
y resto de papeleo legal, los ensayos no
podían abandonarse, con lo que el período de descanso escolar se anunciaba extremadamente agitado.
Después de ultimar algunos
pequeños detalles, Doña Aurora se las apañó para correr a casa y preparar
rápidamente la comida. El gozo que sentía ante la perspectiva de los próximos conciertos sonrosaba sus mejillas. Como si de
una niña se tratase se entretuvo en
preparar, de propia mano, un exquisito
postre abundante en canela y chocolate,
al que añadió una gran guinda en el centro para dar color.
Marzo de 2013
viernes, 29 de marzo de 2013
martes, 26 de marzo de 2013
LA CARTA
Estrella del Mar Carrillo Blanco
La madre de Alex
mostraba con frecuencia un gesto melancólico. Solía ser más que habitual que
una sombra ensimismada y triste asomara a sus ojos, duros y oscuros,
especialmente en las tardes en las que el hijo no llegaba a la hora prevista.
Sus pensamientos, en ocasiones, proyectaban infancias extraviadas y sus
palabras, de una transcendencia inusual, no dejaban cabida a más opciones que
las que ella pusiera sobre la mesa. Con todo, su rostro se tornaba grato cuando
en los días de primavera un renovado alborozo embargaba su ánimo y su pecho se
henchía pletórico de salud.
En su juventud,
la madre de Alex había recibido muchas cartas de un antiguo novio embarcado en
la Marina por aquello de querer ver mundo y obtener pronto un sueldo
profesional. Se intercambiaban cartas semanales que, por parte de ella,
sobrepasaban en extensión los límites más sensatos. A él le debían hacer gracia
esos pormenores y le servirían de solaz entretenimiento porque la relación duró
varios años y ella anduvo ilusionada con un posible casamiento final. Pero la
cosa acabó según lo previsible: el marinero se fue con otra y la joven no
volvió a saber nunca más de él.
A lo largo de
aquella época, la madre de Alex recibió otras cartas: de amigos, novios,
medionovios, amigas, conocidas, familiares y de una suscripción mensual a una
revista literaria. Nunca, claro está, fueron tan emotivas como las que
mantuviera con su gran amor, pero al menos pudo constatar lo siguiente:
1º. Que no todo el
mundo estaba dotado para la correspondencia amistosa.
2º. Que no todo el
mundo estaba dotado para la creación en el arte de la escritura.
3º. Que algunas
personas escribían cartas por el ánimo de quedar bien y por mantener ciertas
costumbres burguesas.
4º. Que, salvo un par de
casos excepcionales, las tarjetas postales que recibía de los lugares donde
veraneaban los remitentes, siempre cerraban sus imágenes en un mar lejano o en
parejas de paisanos vestidos con atuendos típicos de la región.
Poco a poco y con
el paso de los años, la madre de Alex fue recibiendo menos cartas. El teléfono
sustituía implacablemente el intercambio de noticias y los amigos que
interesaban, siendo cada vez menos, no se alejaban tanto como para mantener una
relación epistolar. Las tarjetas dieron paso a las felicitaciones de Navidad y,
durante el verano, ella compraba postales de estilo que guardaba en un álbum de
colección. Siendo Alex todavía un niño, le obligaba a enviar a sus abuelos
varias fotografías en color sepia de los lugares que visitaban y, con la irrupción de los medios
digitales, remitía a hermanos y sobrinos
correos electrónicos con imágenes captadas en franco fervor consumista.
Desde que se
hiciera funcionaria, la madre de Alex se había acostumbrado a que el cartero la
reconociera por los panfletos profesionales que, con acuse de recibo, estaba
obligada a recibir y por las multas de tráfico que, desde las limitaciones de
velocidad impuestas por las ordenanzas municipales, sobresaltaban su salario
por mucho que las recurriera.
A diario
rebosaba en su buzón propaganda variopinta junto a facturas y aviso de pagos
que agriaban su retorno a casa. Ella tenía por costumbre hacer un atadijo en
forma de lazo con toda la propaganda y sobres inservibles para arrojarlo al
contender de reciclaje. Aquel día, como siempre, regresaba del trabajo cansada
y sin demasiada esperanza en el género humano. Estando cercanas las fiestas
navideñas dudaba de que alguien enviase una felicitación interesante.
Descartadas las de empresas como El Corte Inglés o el taller mecánico donde
habitualmente llevaba su coche que nunca fallaban, pensaba que si los amores
decepcionan los amigos también y, aunque ella se empeñaba en felicitar a los
más allegados, no siempre era correspondida. Por tanto, se dispuso a mirar el
buzón como hacía todos los días sin esperar nada especial.
Esta vez,
sin embargo, no asomaba ningún folleto ni aparentaba haber ninguna misiva; no
obstante, abrió la portezuela por si acaso y….¡hete aquí! apareció algo que la
sorprendió. Un sobrecito tamaño tarjeta de visita se escondía en el último
rincón del menudo cajetín. No llevaba remitente pero el nombre femenino y la
dirección se describían con absoluta nitidez. El sello, de Joan Miró, asemejaba
un pájaro herido y la solapa se hallaba pegada a conciencia, no existía ningún
cuidado de que del interior se escapase nada. Por un momento, la madre de Alex
se estremeció, “¿de quién sería esa carta?”. La abrió con cierta avidez y
alguna dificultad, extrayendo del interior una pequeña tarjeta con un logotipo
oriental: “La envidia de la diosa” se leía debajo con letras entrelazadas. Por
detrás, la misma caligrafía del sobre decía así:
“Una vez más, al pie del cañón.
Soy Víctor y tengo el honor de invitaros,
a
Alex y a ti,
al concierto de “La envidia de
la diosa”
que se celebrará en el Centro Joven de
Alcorcón el 22 de diciembre de 2010.
Alex participará con nosotros.
Un abrazo
Víctor
19´30 Apertura de puertas
Entrada gratuíta”
La mujer estalló en
una amplia sonrisa. Aquello sí que era una sorpresa. Una simpática y grata
sorpresa. Bien era cierto que permitía, con bastante asiduidad, que su hijo
Alex y el grupo musical del que formaba parte ensayasen en los bajos de su casa
y se quedasen a dormir si se terciaba. Pero de ahí a recibir aquella invitación
tan formal la cosa tenía su gracia. Guardó cuidadosamente la carta en su bolso
y se preguntó si Alex tendría algo que ver con todo aquello; en cualquier caso
la decisión de acudir al concierto ya estaba tomada y no habría nada que la
hiciera cambiar de intención. Un renovado alborozo embargó su ánimo y su pecho
se henchía pletórico de salud cual si hubiera llegado la primavera. A partir de
ese momento, decidió hablar más con el cartero.
Abril de 2011
miércoles, 20 de marzo de 2013
LA CURIOSIDAD DE VÍCTOR
Estrella del Mar Carrillo Blanco
Anduvo comprando
cuerdas y partituras por las tiendas que rodean la plaza de la Ópera. Regresaba
contento, había encontrado dos libros con piezas y canciones inéditas: uno de
Bowie y otro de Tom Petty; además le habían salido muy bien de precio.
La tarde se encontraba
algo espesa, hacía calor, eso contando con que no había finalizado el mes
de abril y, Víctor, deseando llegar a casa para colocar las cuerdas y dar unos
buenos toques de guitarra, se encaminó con determinación hacia la Puerta del
Sol. Allí tomó el metro hasta
Atocha-Renfe. Como el vagón prácticamente se había vaciado en el cambio de
estación, Víctor tomó asiento y se puso a hojear los libros. Andaba tan distraído
en esa tarea que no se percató mucho de los viajeros que habían tomado el tren
en Tirso de Molina. Le gustaban las canciones de David Bowie y, mientras las
entonaba por lo bajo, paseó indiferente la mirada por el vagón de metro.
Primero miró sin ver, como no reconociendo a nadie, pero una alarma en su
cerebro se acababa de activar. Al fondo, junto a la puerta que permitía el paso
de un vagón a otro, un hombre enjuto, de aspecto gris y desaliñado y con unas
gafas de pasta que seguramente le quedaban grandes, llamó la atención de Víctor.
Iba de pie y leía
"El Mundo" mientras sujetaba torpemente, bajo la axila, una cartera
de cuero bastante deteriorada. Víctor le reconoció: había sido su profesor
de Sociales en 3º de la E.S.O. Como si un nuevo ímpetu le embargase
comenzó a mirar de reojo a ese hombre que, durante un curso entero, se lo puso
muy difícil y se las hizo pasar canutas. Decidió espiarle.
De momento,
ambos seguían el mismo trayecto y no parecía que ninguno fuese a cambiar
de situación. Cuando llegaron a Atocha-Renfe los dos se apearon, uno por la
puerta central y el otro por el lateral izquierdo. Víctor caminaba despacio
manteniendo una distancia más que prudencial. Observó que el profesor se
dirigía también hacia los torniquetes de RENFE y, para su entusiasmo, el hombre
había encaminado sus pasos hacia la vía por donde transitaban los trenes de
Móstoles. Víctor se detuvo un rato disimulando el interés que sentía por el
individuo aquel.
Cogieron el tren de Atocha-Móstoles-El Soto. Seguramente los dos se dirigían al
mismo destino ya que, al fín y al cabo, el hombre había sido tutor del
chico en el I.E.S. "Juan Gris" de Móstoles. Esa era, al menos, la
ilusión que Víctor se hacía mientras vigilaba desde el fondo la actitud de su
antiguo profesor, que ahora se había sentado y leía un artículo postrero con el
periódico doblado hacia sí.
Cuál no sería su sorpresa cuando en la estación de Alcorcón el hombre se
levantó dispuesto a bajarse allí mismo. Víctor se apresuró
a hacer lo propio. Ya fuera, el hombre tomó
la calle San Isidro cuesta arriba y torció por el
Paseo de Castilla. Víctor le seguía con cierta ansiedad. Después, el profesor
cruzó la Plaza de los Caídos por la acera de la derecha y continuó
hacia la calle Colón. Víctor apretó contra su pecho la bolsa con los libros de
música.
A la altura casi de la calle Vizcaya, el hombre se echó la mano al bolsillo y
sacó de allí un grueso llavero que utilizó en abrir el portal número
veinticinco. Víctor, vigilante desde la esquina de la calle Alfares, no
cabía en sí de gozo. Había descubierto dónde vivía su antiguo tutor de 3º
de E.S.O., ya sólo le faltaban algunos datos: ¿en qué piso?¿estaría soltero o
casado?¿tendría hijos?¿a qué equipo de fútbol le sería fiel?¿por qué había
cogido el metro en Tirso de Molina?. Y, sobre todo y lo más importante, ¿cómo
se llamaba su antiguo profesor de Sociales que se las había hecho pasar canutas
y al que, que él recordase, todos apodaban el "CaraHuevo"?.
MARZO DE 2011
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