Estrella del Mar Carrillo Blanco
La madre de Alex
mostraba con frecuencia un gesto melancólico. Solía ser más que habitual que
una sombra ensimismada y triste asomara a sus ojos, duros y oscuros,
especialmente en las tardes en las que el hijo no llegaba a la hora prevista.
Sus pensamientos, en ocasiones, proyectaban infancias extraviadas y sus
palabras, de una transcendencia inusual, no dejaban cabida a más opciones que
las que ella pusiera sobre la mesa. Con todo, su rostro se tornaba grato cuando
en los días de primavera un renovado alborozo embargaba su ánimo y su pecho se
henchía pletórico de salud.
En su juventud,
la madre de Alex había recibido muchas cartas de un antiguo novio embarcado en
la Marina por aquello de querer ver mundo y obtener pronto un sueldo
profesional. Se intercambiaban cartas semanales que, por parte de ella,
sobrepasaban en extensión los límites más sensatos. A él le debían hacer gracia
esos pormenores y le servirían de solaz entretenimiento porque la relación duró
varios años y ella anduvo ilusionada con un posible casamiento final. Pero la
cosa acabó según lo previsible: el marinero se fue con otra y la joven no
volvió a saber nunca más de él.
A lo largo de
aquella época, la madre de Alex recibió otras cartas: de amigos, novios,
medionovios, amigas, conocidas, familiares y de una suscripción mensual a una
revista literaria. Nunca, claro está, fueron tan emotivas como las que
mantuviera con su gran amor, pero al menos pudo constatar lo siguiente:
1º. Que no todo el
mundo estaba dotado para la correspondencia amistosa.
2º. Que no todo el
mundo estaba dotado para la creación en el arte de la escritura.
3º. Que algunas
personas escribían cartas por el ánimo de quedar bien y por mantener ciertas
costumbres burguesas.
4º. Que, salvo un par de
casos excepcionales, las tarjetas postales que recibía de los lugares donde
veraneaban los remitentes, siempre cerraban sus imágenes en un mar lejano o en
parejas de paisanos vestidos con atuendos típicos de la región.
Poco a poco y con
el paso de los años, la madre de Alex fue recibiendo menos cartas. El teléfono
sustituía implacablemente el intercambio de noticias y los amigos que
interesaban, siendo cada vez menos, no se alejaban tanto como para mantener una
relación epistolar. Las tarjetas dieron paso a las felicitaciones de Navidad y,
durante el verano, ella compraba postales de estilo que guardaba en un álbum de
colección. Siendo Alex todavía un niño, le obligaba a enviar a sus abuelos
varias fotografías en color sepia de los lugares que visitaban y, con la irrupción de los medios
digitales, remitía a hermanos y sobrinos
correos electrónicos con imágenes captadas en franco fervor consumista.
Desde que se
hiciera funcionaria, la madre de Alex se había acostumbrado a que el cartero la
reconociera por los panfletos profesionales que, con acuse de recibo, estaba
obligada a recibir y por las multas de tráfico que, desde las limitaciones de
velocidad impuestas por las ordenanzas municipales, sobresaltaban su salario
por mucho que las recurriera.
A diario
rebosaba en su buzón propaganda variopinta junto a facturas y aviso de pagos
que agriaban su retorno a casa. Ella tenía por costumbre hacer un atadijo en
forma de lazo con toda la propaganda y sobres inservibles para arrojarlo al
contender de reciclaje. Aquel día, como siempre, regresaba del trabajo cansada
y sin demasiada esperanza en el género humano. Estando cercanas las fiestas
navideñas dudaba de que alguien enviase una felicitación interesante.
Descartadas las de empresas como El Corte Inglés o el taller mecánico donde
habitualmente llevaba su coche que nunca fallaban, pensaba que si los amores
decepcionan los amigos también y, aunque ella se empeñaba en felicitar a los
más allegados, no siempre era correspondida. Por tanto, se dispuso a mirar el
buzón como hacía todos los días sin esperar nada especial.
Esta vez,
sin embargo, no asomaba ningún folleto ni aparentaba haber ninguna misiva; no
obstante, abrió la portezuela por si acaso y….¡hete aquí! apareció algo que la
sorprendió. Un sobrecito tamaño tarjeta de visita se escondía en el último
rincón del menudo cajetín. No llevaba remitente pero el nombre femenino y la
dirección se describían con absoluta nitidez. El sello, de Joan Miró, asemejaba
un pájaro herido y la solapa se hallaba pegada a conciencia, no existía ningún
cuidado de que del interior se escapase nada. Por un momento, la madre de Alex
se estremeció, “¿de quién sería esa carta?”. La abrió con cierta avidez y
alguna dificultad, extrayendo del interior una pequeña tarjeta con un logotipo
oriental: “La envidia de la diosa” se leía debajo con letras entrelazadas. Por
detrás, la misma caligrafía del sobre decía así:
“Una vez más, al pie del cañón.
Soy Víctor y tengo el honor de invitaros,
a
Alex y a ti,
al concierto de “La envidia de
la diosa”
que se celebrará en el Centro Joven de
Alcorcón el 22 de diciembre de 2010.
Alex participará con nosotros.
Un abrazo
Víctor
19´30 Apertura de puertas
Entrada gratuíta”
La mujer estalló en
una amplia sonrisa. Aquello sí que era una sorpresa. Una simpática y grata
sorpresa. Bien era cierto que permitía, con bastante asiduidad, que su hijo
Alex y el grupo musical del que formaba parte ensayasen en los bajos de su casa
y se quedasen a dormir si se terciaba. Pero de ahí a recibir aquella invitación
tan formal la cosa tenía su gracia. Guardó cuidadosamente la carta en su bolso
y se preguntó si Alex tendría algo que ver con todo aquello; en cualquier caso
la decisión de acudir al concierto ya estaba tomada y no habría nada que la
hiciera cambiar de intención. Un renovado alborozo embargó su ánimo y su pecho
se henchía pletórico de salud cual si hubiera llegado la primavera. A partir de
ese momento, decidió hablar más con el cartero.
Abril de 2011

Hermosa historia, las cartas siempre llevan equipaje. Pepe Callejas.
ResponderEliminar¡Vaya!. Yo conocí a un tal Pepe Callejas en otro tiempo. No sé si coincidirá con la misma persona...
ResponderEliminarHola Estrella,creo que sí, curioso taumaturgo don internet, que cosas hace con las "cartas".
ResponderEliminarPepe, halkarria@hotmail.com
Pues no sé qué pensar. Yo he enviado un email a un supuesto Pepe Callejas, amigo de juventud, y no recibo respuesta...
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