miércoles, 20 de marzo de 2013

LA CURIOSIDAD DE VÍCTOR



Estrella del Mar Carrillo Blanco

      Anduvo comprando cuerdas y partituras por las tiendas que rodean la plaza de la Ópera. Regresaba contento, había encontrado dos libros con piezas y canciones inéditas: uno de Bowie y otro de Tom Petty; además le habían salido muy bien de precio.

     La tarde se encontraba algo espesa, hacía calor, eso contando con que no había finalizado el mes de abril y, Víctor, deseando llegar a casa para colocar las cuerdas y dar unos buenos toques de guitarra, se encaminó con determinación hacia la Puerta del Sol.  Allí  tomó  el metro hasta Atocha-Renfe. Como el vagón prácticamente se había vaciado en el cambio de estación, Víctor tomó asiento y se puso a hojear los libros. Andaba tan distraído en esa tarea que no se percató mucho de los viajeros que habían tomado el tren en Tirso de Molina. Le gustaban las canciones de David Bowie y, mientras las entonaba por lo bajo, paseó indiferente la mirada por el vagón de metro. Primero miró sin ver, como no reconociendo a nadie, pero una alarma en su cerebro se acababa de activar. Al fondo, junto a la puerta que permitía el paso de un vagón a otro, un hombre enjuto, de aspecto gris y desaliñado y con unas gafas de pasta que seguramente le quedaban grandes, llamó la atención de Víctor. 

      Iba de pie y leía "El Mundo" mientras sujetaba torpemente, bajo la axila, una cartera de cuero bastante deteriorada. Víctor le reconoció: había sido su profesor de Sociales en 3º de la E.S.O. Como si un nuevo ímpetu le embargase comenzó a mirar de reojo a ese hombre que, durante un curso entero, se lo puso muy difícil y se las hizo pasar canutas.  Decidió espiarle.

      De momento, ambos seguían el mismo trayecto y no parecía que ninguno fuese a cambiar de situación. Cuando llegaron a Atocha-Renfe los dos se apearon, uno por la puerta central y el otro por el lateral izquierdo. Víctor caminaba despacio manteniendo una distancia más que prudencial. Observó que el profesor se dirigía también hacia los torniquetes de RENFE y, para su entusiasmo, el hombre había encaminado sus pasos hacia la vía por donde transitaban los trenes de Móstoles. Víctor se detuvo un rato disimulando el interés que sentía por el individuo aquel.

        Cogieron el tren de Atocha-Móstoles-El Soto. Seguramente los dos se dirigían al mismo destino ya que, al fín y al cabo, el hombre había sido tutor del chico en el I.E.S. "Juan Gris" de Móstoles. Esa era, al menos, la ilusión que Víctor se hacía mientras vigilaba desde el fondo la actitud de su antiguo profesor, que ahora se había sentado y leía un artículo postrero con el periódico doblado hacia sí.

         Cuál no sería su sorpresa cuando en la estación de Alcorcón el hombre se levantó dispuesto a bajarse allí mismo. Víctor se apresuró a hacer  lo propio. Ya fuera, el hombre tomó la  calle  San  Isidro cuesta arriba y torció por el Paseo de Castilla. Víctor le seguía con cierta ansiedad. Después, el profesor cruzó la Plaza de los Caídos  por la acera de la derecha y continuó hacia la calle Colón. Víctor apretó contra su pecho la bolsa con los libros de música.

          A la altura casi de la calle Vizcaya, el hombre se echó la mano al bolsillo y sacó de allí un grueso llavero que utilizó en abrir el portal número veinticinco. Víctor, vigilante desde la esquina de la calle Alfares, no cabía en sí de gozo. Había descubierto dónde vivía su antiguo tutor de 3º de E.S.O., ya sólo le faltaban algunos datos: ¿en qué piso?¿estaría soltero o casado?¿tendría hijos?¿a qué equipo de fútbol le sería fiel?¿por qué había cogido el metro en Tirso de Molina?. Y, sobre todo y lo más importante, ¿cómo se llamaba su antiguo profesor de Sociales que se las había hecho pasar canutas y al que, que él recordase, todos apodaban el "CaraHuevo"?.


                                                                                          MARZO DE 2011

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