Estrella del Mar Carrillo Blanco
Anduvo comprando
cuerdas y partituras por las tiendas que rodean la plaza de la Ópera. Regresaba
contento, había encontrado dos libros con piezas y canciones inéditas: uno de
Bowie y otro de Tom Petty; además le habían salido muy bien de precio.
La tarde se encontraba
algo espesa, hacía calor, eso contando con que no había finalizado el mes
de abril y, Víctor, deseando llegar a casa para colocar las cuerdas y dar unos
buenos toques de guitarra, se encaminó con determinación hacia la Puerta del
Sol. Allí tomó el metro hasta
Atocha-Renfe. Como el vagón prácticamente se había vaciado en el cambio de
estación, Víctor tomó asiento y se puso a hojear los libros. Andaba tan distraído
en esa tarea que no se percató mucho de los viajeros que habían tomado el tren
en Tirso de Molina. Le gustaban las canciones de David Bowie y, mientras las
entonaba por lo bajo, paseó indiferente la mirada por el vagón de metro.
Primero miró sin ver, como no reconociendo a nadie, pero una alarma en su
cerebro se acababa de activar. Al fondo, junto a la puerta que permitía el paso
de un vagón a otro, un hombre enjuto, de aspecto gris y desaliñado y con unas
gafas de pasta que seguramente le quedaban grandes, llamó la atención de Víctor.
Iba de pie y leía
"El Mundo" mientras sujetaba torpemente, bajo la axila, una cartera
de cuero bastante deteriorada. Víctor le reconoció: había sido su profesor
de Sociales en 3º de la E.S.O. Como si un nuevo ímpetu le embargase
comenzó a mirar de reojo a ese hombre que, durante un curso entero, se lo puso
muy difícil y se las hizo pasar canutas. Decidió espiarle.
De momento,
ambos seguían el mismo trayecto y no parecía que ninguno fuese a cambiar
de situación. Cuando llegaron a Atocha-Renfe los dos se apearon, uno por la
puerta central y el otro por el lateral izquierdo. Víctor caminaba despacio
manteniendo una distancia más que prudencial. Observó que el profesor se
dirigía también hacia los torniquetes de RENFE y, para su entusiasmo, el hombre
había encaminado sus pasos hacia la vía por donde transitaban los trenes de
Móstoles. Víctor se detuvo un rato disimulando el interés que sentía por el
individuo aquel.
Cogieron el tren de Atocha-Móstoles-El Soto. Seguramente los dos se dirigían al
mismo destino ya que, al fín y al cabo, el hombre había sido tutor del
chico en el I.E.S. "Juan Gris" de Móstoles. Esa era, al menos, la
ilusión que Víctor se hacía mientras vigilaba desde el fondo la actitud de su
antiguo profesor, que ahora se había sentado y leía un artículo postrero con el
periódico doblado hacia sí.
Cuál no sería su sorpresa cuando en la estación de Alcorcón el hombre se
levantó dispuesto a bajarse allí mismo. Víctor se apresuró
a hacer lo propio. Ya fuera, el hombre tomó
la calle San Isidro cuesta arriba y torció por el
Paseo de Castilla. Víctor le seguía con cierta ansiedad. Después, el profesor
cruzó la Plaza de los Caídos por la acera de la derecha y continuó
hacia la calle Colón. Víctor apretó contra su pecho la bolsa con los libros de
música.
A la altura casi de la calle Vizcaya, el hombre se echó la mano al bolsillo y
sacó de allí un grueso llavero que utilizó en abrir el portal número
veinticinco. Víctor, vigilante desde la esquina de la calle Alfares, no
cabía en sí de gozo. Había descubierto dónde vivía su antiguo tutor de 3º
de E.S.O., ya sólo le faltaban algunos datos: ¿en qué piso?¿estaría soltero o
casado?¿tendría hijos?¿a qué equipo de fútbol le sería fiel?¿por qué había
cogido el metro en Tirso de Molina?. Y, sobre todo y lo más importante, ¿cómo
se llamaba su antiguo profesor de Sociales que se las había hecho pasar canutas
y al que, que él recordase, todos apodaban el "CaraHuevo"?.
MARZO DE 2011
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