Victor había llegado, como siempre, antes de la hora. A
pesar del corto espacio fronterizo que separaba Móstoles de Alcorcón, Victor
solía coger el autobús cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes de su cita y,
ello, le permitía recrearse por los escaparates que jalonaban la llegada a la
casa donde impartía la clase de Matemáticas.
El niño abrió la puerta con una rebanada de Nocilla entre
las manos.
-¡Hola, Victor!. Me acababa de preparar la merienda.
-Ya te veo.¿Has hecho los deberes que te mandé el otro día?.
-Sí, y también he terminado los deberes que me han mandado en el insti.
Ya voy entendiendo mejor los problemas de geometría.
Victor paseaba distraídamente la mirada por los
estantes de la habitación. Sus dedos, afilados por el ejercicio de la guitarra,
rasgueaban el tirante en el que portaba multitud de chapitas con sus cantantes
favoritos.
Impartió la clase como siempre, entusiasta y
jovial, apurando aquellas cuestiones aritméticas que más quebraderos de cabeza
le habían ocasionado a él en 2º de la E.S.O. Obviaba, por supuesto, que en su
paso por el Bachillerato las matemáticas se le habían atragantado y era incapaz
de superarlas. A pesar de todo, se atrevía a enseñar Matemáticas, Música e
Inglés a aquellos mozalbetes que, en su zona de confluencia, le avisaran por
los anuncios colgados en internet.
Cuando terminó la clase, los padres del niño
aún no habían regresado del trabajo. Víctor no podía marcharse dejando al crío
solo y, además, necesitaba cobrar el emolumento de su trabajo. Con lo que
colocó al niño delante de la Playstation y él se dedicó a deambular por la casa
buscando algo con lo que colmar su insaciable curiosidad. Unos ojos vivos y
agudos, engarzados sobre un rostro afilado y cortado a cepillo, repasaban cada
cuadro, figura o adorno del entorno. Se coló en la cocina, la verdad es que la
actividad pedagógica le había despertado el apetito. Abrió la nevera y troceó
un poco de empanada que asomaba envuelta en un papel de fina pastelería. Devoró
con avidez propiciando cortos pasitos de baile en aquella gran cocina de toques
minimalistas.
Y, de repente, los vió.
Franqueando la puerta que separaba la
estancia de una hermosa terraza herméticamente cerrada al exterior, apareció
una majestuosa jaula con un pequeño loro y un periquito verdiazul. Víctor tomó
una servilleta de papel y se limpió con impaciencia.
Saludó al loro. Este, con parsimonia, le miró
indiferente.
Victor volvió a saludar. Se preguntó si
alguno de los dos animales sería capaz de hablar, por lo que insistió una y
otra vez en sonidos guturales y, en ocasiones, con palabras procaces. Como el
loro ni el periquito respondieran ni por esas, Víctor acertó a meter el dedo
entre los barrotes de la jaula con el fin de movilizar a aquellas aves de una
manera o de otra.
Ahí sí respondieron los pajarracos
lanzándose sobre el índice intentando picotear el incómodo elemento que les
sacaba de su letargo.
Ya que Víctor veía peligrar el objeto
de sus clases de guitarra, echó la mano al bolsillo trasero y sacó el bolígrafo
Bic con el que había garabateado fórmulas y quebrados un momento antes.
El loro, claramente embravecido,
mostraba huecas sus plumas y miraba desafiante agarrado fuertemente al columpio
de la jaula. Víctor, como si de una ariete se tratara, empuñó el bolígrafo y
arremetió contra la barriga del loro con toda la fuerza de que fue capaz. Un estrepitoso
grito gallináceo arañó el silencio de la cocina, mientras que un abanico de
plumas de colores se desparramaba acertando a atravesar los barrotes de la
jaula.
Nuevamente Víctor empuñó el
ariete y esta vez fijó su objetivo en el pobre periquito. El escándalo formado
entre los desgraciados animales fue tal que a punto estuvo de que el juego de
la Play quedase inacabado por culpa del jaleo que se había formado en la
cocina.
-Víctor, ¿qué pasa?.
-Nada, nada. Tú sigue a lo tuyo que estoy
guardando mis cosas para estar listo cuando lleguen tus padres.
Cuando éstos aparecieron, Víctor
explicó que, debido a la tardanza, había sentido un poco de hambre y ello le
llevó a atacar la empanada que encontró en el frigorífico pero, por descuido o
atrevimiento, unas plumas delatoras provocaron en el padre una torva mirada
hacia el muchacho mezclada con extrañeza. Los pájaros, huidizamente, miraban de
soslayo encerrados en su jaula y a Víctor, con el rostro afilado y el corte de
cepillo, se le había dibujado una gran sonrisa abierta de oreja a oreja.
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