jueves, 14 de marzo de 2013

VÍCTOR

   Victor había llegado, como siempre, antes de la hora. A pesar del corto espacio fronterizo que separaba Móstoles de Alcorcón, Victor solía coger el autobús cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes de su cita y, ello, le permitía recrearse por los escaparates que jalonaban la llegada a la casa donde impartía la clase de Matemáticas.

    El niño abrió la puerta con una rebanada de Nocilla entre las manos.

-¡Hola, Victor!. Me acababa de preparar la merienda.

-Ya te veo.¿Has hecho los deberes que te mandé el otro día?.

-Sí, y también he terminado los deberes que me han mandado en el insti. Ya voy entendiendo mejor los problemas de geometría.

     Victor paseaba distraídamente la mirada por los estantes de la habitación. Sus dedos, afilados por el ejercicio de la guitarra, rasgueaban el tirante en el que portaba multitud de chapitas con sus cantantes favoritos.

      Impartió la clase como siempre, entusiasta y jovial, apurando aquellas cuestiones aritméticas que más quebraderos de cabeza le habían ocasionado a él en 2º de la E.S.O. Obviaba, por supuesto, que en su paso por el Bachillerato las matemáticas se le habían atragantado y era incapaz de superarlas. A pesar de todo, se atrevía a enseñar Matemáticas, Música e Inglés a aquellos mozalbetes que, en su zona de confluencia, le avisaran por los anuncios colgados en internet.

      Cuando terminó la clase, los padres del niño aún no habían regresado del trabajo. Víctor no podía marcharse dejando al crío solo y, además, necesitaba cobrar el emolumento de su trabajo. Con lo que colocó al niño delante de la Playstation y él se dedicó a deambular por la casa buscando algo con lo que colmar su insaciable curiosidad. Unos ojos vivos y agudos, engarzados sobre un rostro afilado y cortado a cepillo, repasaban cada cuadro, figura o adorno del entorno. Se coló en la cocina, la verdad es que la actividad pedagógica le había despertado el apetito. Abrió la nevera y troceó un poco de empanada que asomaba envuelta en un papel de fina pastelería. Devoró con avidez propiciando cortos pasitos de baile en aquella gran cocina de toques minimalistas.

      Y, de repente, los vió.

      Franqueando la puerta que separaba la estancia de una hermosa terraza herméticamente cerrada al exterior, apareció una majestuosa jaula con un pequeño loro y un periquito verdiazul. Víctor tomó una servilleta de papel y se limpió con impaciencia.

      Saludó al loro. Este, con parsimonia, le miró indiferente.

      Victor volvió a saludar. Se preguntó si alguno de los dos animales sería capaz de hablar, por lo que insistió una y otra vez en sonidos guturales y, en ocasiones, con palabras procaces. Como el loro ni el periquito respondieran ni por esas, Víctor acertó a meter el dedo entre los barrotes de la jaula con el fin de movilizar a aquellas aves de una manera o de otra.

       Ahí sí respondieron los pajarracos lanzándose sobre el índice intentando picotear el incómodo elemento que les sacaba de su letargo.
       Ya que Víctor veía peligrar el objeto de sus clases de guitarra, echó la mano al bolsillo trasero y sacó el bolígrafo Bic con el que había garabateado fórmulas y quebrados un momento antes.
       El loro, claramente embravecido, mostraba huecas sus plumas y miraba desafiante agarrado fuertemente al columpio de la jaula. Víctor, como si de una ariete se tratara, empuñó el bolígrafo y arremetió contra la barriga del loro con toda la fuerza de que fue capaz. Un estrepitoso grito gallináceo arañó el silencio de la cocina, mientras que un abanico de plumas de colores se desparramaba acertando a atravesar los barrotes de la jaula.

        Nuevamente Víctor empuñó el ariete y esta vez fijó su objetivo en el pobre periquito. El escándalo formado entre los desgraciados animales fue tal que a punto estuvo de que el juego de la Play quedase inacabado por culpa del jaleo que se había formado en la cocina.

       -Víctor, ¿qué pasa?.

      -Nada, nada. Tú sigue a lo tuyo que estoy guardando mis cosas para estar listo cuando lleguen tus padres.

       Cuando éstos aparecieron, Víctor explicó que, debido a la tardanza, había sentido un poco de hambre y ello le llevó a atacar la empanada que encontró en el frigorífico pero, por descuido o atrevimiento, unas plumas delatoras provocaron en el padre una torva mirada hacia el muchacho mezclada con extrañeza. Los pájaros, huidizamente, miraban de soslayo encerrados en su jaula y a Víctor, con el rostro afilado y el corte de cepillo, se le había dibujado una gran sonrisa abierta de oreja a oreja.


                                                                                        Enero de 2011
                                                                      


                         

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