Estrella del Mar Carrillo Blanco
Todos los jueves, tras
haberse tomado un café con churros en la cafetería del Yordan y mientras el sol
aún andaba en el desperezo, la madre de Víctor, Doña Aurora, se acercaba al
mercadillo que en la explanada del ferial colocaba sus tenderetes dispuestos a
la venta más cercana.
Doña Aurora
caminaba despacio y con cautela, se paraba ante los objetos más prácticos o más
llamativos, y rara vez obedecía a los reclamos de vendedores vocingleros.
Gustaba de comprar fruta, verdura, flores y algún bolso, nunca más caro de diez
euros, y a su parentela regalaba con alguna chuchería de capricho: un bizcocho
artesanal, una herramienta para el coche, unos guantes calentitos, en fin, algo
que no les hiciese olvidar que la madre, Doña Aurora, era un ser
imprescindible.
Rara vez usaba
del regateo, pero como tampoco era gustosa de que le dieran gato por liebre
miraba y remiraba cada motivo de su compra, y no se decidía a la adquisición
hasta que no había buscado y comparado.
Los vendedores ya
la conocían y, por eso, la trataban con cierta atención:
-“¿Qué tal le va, Doña Aurora, todo bien?”.
-“¿Y la familia, cómo anda?”.
-“Hoy tengo unos melocotones estupendos.
¡Venga, guapa, llévate un par de kilos p´a los críos!”.
Después, cuando el carro estaba
casi lleno, regresaba por sus pasos y desandaba todo el mercadillo por si hubiera olvidado
algo.
Antes de volver a casa, entraba a
comprar el pan y saludaba al dueño de la sala Mirage, contigua a la panadería y cercana a su propia vivienda. En
aquella ocasión, el saludo iba a ser más entusiasta de lo acostumbrado, ya que
al día siguiente Víctor y su banda de rock actuarían a la caída de la tarde.
Para Doña Aurora, las actuaciones
de su hijo siempre eran motivo de festejo, por eso andaba con mucho cuidado
para no ocasionar ningún desaire a los dueños de los locales donde Víctor solía
tocar. En esas noches, la mujer brillaba con luz propia: se arreglaba como una
colegiala dotando a su apariencia de un aire juvenil, mientras departía con los
padres de los compañeros de Víctor como
si ella misma fuera la estrella invitada. Manteniendo una más que prudente
distancia, se ocupaba de todos y cada uno de los detalles incitando a su
marido, técnico electricista, a poner orden en aquel tinglado de cables,
altavoces, instrumentos, micrófonos y demás útiles propios de la orquesta.
Durante las pruebas de sonido,
Doña Aurora señalaba con leve gesto cualquier acople o desacorde colado en el
ensayo; y hablaba muchas veces con Víctor sobre la posibilidad de renovar el
material. En el momento en que todo estaba dispuesto, aprovechaba para hacer un
breve mutis y supervisar su look.
Ese día, la mujer comentó con el
dueño de la sala cuál sería el repertorio de los chicos y lo que cobrarían por
la actuación. Aunque a su hijo no le hacía demasiada gracia esa intromisión,
Doña Aurora precisaba tales asuntos porque, según su criterio, jamás
consentiría que los chavales fuesen engañados o que alguien pudiera
aprovecharse de ellos. El evento, por si fuera poco, iba a tener su
importancia, ya que Víctor presentaría composiciones propias y se invitaría a
una consumición a todos los asistentes.
Además, las fechas venideras se
presentaban intensas: al día siguiente viernes, la actuación en el Mirage; seguidamente, el sábado, la banda intervendría
en el Centro Joven de Alcorcón y el
chico había enviado invitaciones a todos los conocidos, entre ellos a la madre
de Alex con la que Doña Aurora mantenía una extraña relación: por un lado
manifestaban entre sí una sincera simpatía, aunque, por otro, sofocaban cierta
competitividad en cuanto a sus formas con los chavales. Por lo demás, el
calendario de “bolos” y actuaciones, estando a la puerta las vacaciones de
Navidad, se iba completando cada vez más; la misma noche de Fin de Año el grupo
estaba contratado para una macrofiesta en las afueras de Móstoles y no era conveniente dejar nada al
albur. Aparte de las licencias, permisos
y resto de papeleo legal, los ensayos no
podían abandonarse, con lo que el período de descanso escolar se anunciaba extremadamente agitado.
Después de ultimar algunos
pequeños detalles, Doña Aurora se las apañó para correr a casa y preparar
rápidamente la comida. El gozo que sentía ante la perspectiva de los próximos conciertos sonrosaba sus mejillas. Como si de
una niña se tratase se entretuvo en
preparar, de propia mano, un exquisito
postre abundante en canela y chocolate,
al que añadió una gran guinda en el centro para dar color.
Marzo de 2013
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